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9 habilidades básicas que la mayoría de niños dominaban antes de los 80 con 11 años y que la crianza actual ha eliminado.

Niña mirando un mapa mientras un niño monta en bicicleta en la calle. Hay una mochila en el suelo y una mujer al fondo.

El niño tiene unos diez años, está de pie en una acera tranquila de las afueras, con una mochila más grande que sus hombros. Su madre le ve recorrer los últimos cincuenta metros hasta la verja del colegio, móvil en mano, con los ojos fijos en su silueta menguante. Un coche reduce la velocidad; ella se tensa. Él cruza sin problemas; ella exhala, toca la pantalla, hace scroll.

A dos calles de allí, un hombre jubilado riega sus rosales. Recuerda que a esa edad iba en bici al centro solo, con los bolsillos llenos de canicas, y que nadie seguía su ubicación por satélite. La distancia entre estas dos escenas no es solo cuestión de años. Es todo un conjunto de habilidades que desapareció sin que nadie lo decidiera de verdad.

No solo envolvimos a los niños en papel de burbujas. Borramos en silencio un kit entero de habilidades básicas para la vida: las que la mayoría de los chavales de 11 años ya dominaban antes de los años 80.

De las mañanas “a su aire” a las infancias a golpe de notificación

Pregúntale a alguien que creció en los 60 o los 70 qué hacía al salir del colegio y muchos dirán lo mismo: «Nos íbamos a la calle».

A la calle. No a una actividad con supervisión, no a Zoom, no a un grupo de WhatsApp. A la calle en bici, por los descampados, en solares vacíos, en callejuelas con aceras agrietadas y perros sueltos. Con 11 años, la mayoría de los niños sabía volver a casa desde la de un amigo al otro lado de la ciudad, leer un horario de autobuses y calcular si un atajo parecía seguro o sospechoso.

Los niños de hoy son brillantes en otras cosas, pero a menudo les cuesta ese sentido básico de «sé dónde estoy y cómo llegar a otro sitio». El mapa mental se encogió hasta lo que cabe en la pantalla del móvil.

Mira los datos de movilidad y el cambio se ve con claridad cristalina. En el Reino Unido, la «licencia» que antes recibían muchos niños para ir solos al colegio se ha ido retrasando años. En los años 70, la mayoría caminaba o iba en bici al colegio por su cuenta a los 7 u 8 años. Ahora es habitual ver a padres llevando en coche a niños de 12 a un colegio que está a cinco minutos.

Los padres no están locos. Hay más tráfico, las noticias dan más miedo y el mundo parece menos indulgente. Sin embargo, el resultado es una generación de preadolescentes que quizá sabe orientarse mejor en Roblox que hacer dos transbordos de autobús. Pueden seguir el avatar de un amigo, pero no leer un mapa de papel sencillo ni recordar nombres de calles sin GPS.

La orientación no va solo de encontrar la calle correcta. Entrena la atención, la memoria, la evaluación del riesgo y la confianza. Cuando un niño de 11 años en 1978 se perdía, preguntaba a un desconocido, se fijaba en un punto de referencia o desandaba el camino. Su cerebro aprendía a improvisar.

Cuando un niño de 11 años hoy se «pierde», el instinto es llamar o escribir a sus padres. El puntito azul del GPS acude al rescate. Esa pequeña diferencia, repetida cientos de veces, reconfigura una infancia. Sustituye en silencio el «ya me las apañaré» por el «alguien lo solucionará por mí».

Multiplica eso por nueve habilidades borradas y obtienes un nuevo tipo de dependencia que por fuera parece segura, pero por dentro es muy frágil.

9 habilidades básicas que desaparecieron sin hacer ruido… y cómo recuperarlas

La primera habilidad que casi ha desaparecido es el juego sin supervisión de verdad. No cinco minutos en la habitación de al lado. Tardes enteras en las que los niños montaban su propio mundo, ponían sus propias normas y resolvían sus propias discusiones. Antes de los 80, con 11 años probablemente ya habías construido una cabaña, trepado a algo un poco demasiado alto o negociado la paz tras una pelea sin un adulto haciendo de árbitro.

No hace falta mandar a tu hijo al bosque para recuperar eso. Empieza con una pequeña «zona libre»: un parque donde tú te sientas lejos en un banco, o un patio donde sepan que no vas a interrumpir. Diles, sin más: «Este es vuestro tiempo. No voy a intervenir a no ser que alguien se haga daño». Y luego mantente al margen, incluso cuando los piques empiecen a taladrarte los oídos.

La segunda habilidad perdida es la responsabilidad en el mundo real. Hace cuarenta años, muchos niños de 11 años sabían freír un huevo, preparar una comida sencilla, tender la ropa o ir en bici a la tienda de la esquina con una lista y el cambio. Llevaban pequeñas pero significativas partes de la vida familiar.

Hoy, muchos niños pasan el día entero deslizando, pinchando y tocando pantallas, pero nunca han usado un cuchillo afilado ni hervido pasta sin supervisión. Una madre recuerda darle a su hijo un billete de diez euros y mandarlo a por pan con 10 años. «Volvió radiante», dijo. «Miró el precio, contó las monedas y eligió la barra con más corteza. Fue una tontería, pero durante días caminó más erguido». Así es como la responsabilidad se engancha a la autoestima: a través de tareas pequeñas que implican confianza real.

La sobreprotección suele venir del amor y del miedo, no de la pereza. Nadie se levanta pensando: me gustaría que mi hijo fuese un inútil a los 25. Pero cuando eliminas todos los riesgos, los niños no tienen ocasión de conectar esfuerzo con resultado.

Los psicólogos hablan de «autoeficacia»: la creencia de que tus acciones importan de verdad. Los niños que aprendían a encender una hoguera, coger un autobús, pedir perdón después de meter la pata o remendar unos vaqueros rotos antes de los 11 recibían un mensaje potente: puedes cambiar tu situación, aunque sea un poco. La crianza moderna a veces cambia eso por recordatorios constantes, apps de control y rescates amables. El resultado es una dependencia blanda que parece cariño, pero que va erosionando la tenacidad.

Cómo reintroducir discretamente las «nueve perdidas» sin volver atrás

Si quieres recuperar esas habilidades pre-80, empieza por una: la resolución de problemas sin un adulto. No necesitas naturaleza salvaje ni nostalgia; basta con microretos. Deja que tu hijo de 10 años planifique una ruta sencilla a casa de un amigo con un mapa de papel y luego recorredla juntos la primera vez. Pídele a tu hijo de 11 que prepare un desayuno completo una vez a la semana: desde cascar los huevos hasta fregar las sartenes.

Dales un pequeño presupuesto en efectivo para una feria del colegio y deja que gestione cada decisión solo. No «corrijas» después: simplemente comentadlo con calma. «¿Qué tal te sentiste?» El objetivo no es la perfección. Es construir esa vocecita interior que dice: puedo sacarlo adelante, aunque primero la líe.

Muchos padres se quedan paralizados porque la brecha parece enorme. Su hijo no cruza una calle concurrida con seguridad, pero oyen historias de niños de los 70 que cogían autobuses por toda la ciudad con 9 años. Así que no hacen nada, bloqueados entre el miedo y la culpa.

Empieza ridículamente pequeño. Una manzana hasta la panadería mientras tú miras discretamente desde la esquina. Una receta muy simple con un cuchillo de verdad. Una tarde en la que los hermanos tengan que resolver solos los pequeños conflictos antes de llamarte. Y sé amable contigo. Seamos sinceros: nadie hace esto de verdad todos los días. A veces cederás, intervendrás demasiado pronto o vigilarás más de lo que pensabas. No pasa nada. La dirección importa más que la perfección.

Un padre al que entrevisté lo resumió en una frase que se me quedó grabada:

«Mi trabajo no es mantener a mis hijos a salvo de cada golpe; es enseñarles a levantarse».

Esa mentalidad puede guiar una docena de pequeñas decisiones. Deja que monten en una bici que no tenga todos los artilugios. Deja que hablen con el tendero en vez de esconderse detrás de ti. Deja que suspendan un deber que hicieron solos, en vez de pulírselo tú.

Para concretar, aquí van algunas de esas «nueve perdidas» que puedes ir reintroduciendo poco a poco:

  • Orientarse sin GPS en rutas cortas y conocidas
  • Preparar comidas sencillas y recogerlo todo al terminar
  • Manejar pequeñas cantidades de dinero en tiendas reales
  • Resolver conflictos menores sin arbitraje adulto
  • Hacer tareas básicas de casa: colada, barrer, sacar la basura, pequeñas reparaciones

El espacio entre la seguridad y la fortaleza

Cuando escuchas a gente que creció antes de los 80, sus historias rara vez empiezan con «Mis padres me enseñaron una habilidad». Empiezan con «Estábamos en la calle…» o «Tuve que apañármelas…» o «Nos metimos en líos cuando…». Las habilidades eran efectos secundarios. El ingrediente principal era la libertad mezclada con el riesgo justo para que la cosa tuviera gracia.

La infancia moderna a menudo le da la vuelta a esa receta. Los niños acumulan habilidades estructuradas y certificados -niveles de natación, apps de idiomas, campamentos de programación-, pero rara vez prueban esa sensación sin pulir de estar ahí fuera sin red. No es que un mundo fuese bueno y el otro malo. Es que, en algún punto entre los dos, hay una zona estrecha donde los niños se sienten a la vez queridos y capaces, a la vez seguros y exigidos.

No hace falta recrear 1973 para recuperar esa zona. Un recado de diez minutos en una calle tranquila puede importar tanto como una aventura de todo el día en el bosque. Una pequeña elección con el dinero de bolsillo puede construir más confianza que un curso caro. En un mal día, los padres harán scroll por titulares aterradores y apretarán más el control. En uno mejor, recordarán sus propias rodillas peladas y sus cenas tardías, y aflojarán un punto.

A la larga, esas decisiones diminutas determinan lo que nuestros hijos creen de sí mismos: si ven el mundo como algo por lo que hay que andar de puntillas con cuidado, o como un terreno que pueden explorar, en el que pueden perderse y que poco a poco aprenderán a dominar. Esa pregunta es más grande que cualquier brecha generacional, y no va a desaparecer.

Punto clave Detalle Interés para el lector
Juego sin supervisión Reintroducir pequeños espacios de tiempo libre, dirigidos por el niño, sin intervención adulta Una forma sencilla de reconstruir creatividad, habilidades sociales y resiliencia en casa
Responsabilidades reales Dejar que los niños gestionen dinero, tareas, rutas y cocina simple por su cuenta Convierte lo cotidiano en un entrenamiento silencioso de la confianza
Libertad gradual Avanzar a pasos mínimos: una calle, una receta, un conflicto resuelto en solitario Hace que las habilidades «de antes» se sientan seguras y factibles en el mundo actual

Preguntas frecuentes

  • ¿Qué ejemplos de habilidades tenían los niños de 11 años antes de los 80? Leer mapas, ir andando o en bici al colegio solos, manejar dinero en efectivo, cocinar comidas básicas, hacer tareas sin recordatorios, resolver conflictos en el patio y orientarse en autobuses o comercios locales eran cosas habituales.
  • ¿No es el mundo más peligroso ahora que entonces? Las estadísticas de delincuencia en muchos países occidentales muestran que el peligro de desconocidos no se ha disparado como sugieren los titulares. El gran cambio es nuestra exposición a las noticias y nuestra percepción del riesgo, no un peligro constante en cada esquina.
  • ¿Cómo puedo dar más libertad a mi hijo sin sentir que soy imprudente? Empieza con tareas de poco riesgo y mucho aprendizaje: recados cortos en zonas seguras, cocina sencilla o gestionar un pequeño presupuesto. Marca límites claros y luego da un paso atrás y observa en silencio.
  • ¿Y si mi hijo está ansioso o no quiere más independencia? Ve con suavidad. Involúcrale en elegir su próximo «reto», celebra el esfuerzo más que el resultado y repite pequeñas victorias hasta que su sistema nervioso trate la independencia como algo normal, no aterrador.
  • ¿Pueden las pantallas y las herramientas digitales ayudar a construir estas habilidades antiguas? Pueden, si se usan como puentes y no como muletas. Por ejemplo, planificar una ruta en el móvil y luego recorrerla sin mirar la pantalla, o usar una app de recetas pero cocinar físicamente a solas en la cocina.

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