El termostato hace clic, un zumbido leve bajo el rumor del frigorífico.
Fuera, la calle está oscura, ese frío húmedo que se te cuela por las mangas. Dentro, Emma entrecierra los ojos ante el numerito diminuto en la pared: 19 °C. Sus padres siempre dijeron que esa era «la temperatura correcta para la salud», como si estuviera grabada en piedra. Se ajusta la chaqueta de punto y lo sube a 21 °C, a medias culpable, a medias aliviada.
Ese gesto pequeño se repite en millones de hogares. Facturas del gas al alza, la preocupación por el clima rondándonos la cabeza, y esa vieja regla de los 19 grados todavía acechando las tardes de invierno. ¿De dónde salió, y sigue teniendo sentido cuando han cambiado nuestras vidas, nuestras casas e incluso nuestros cuerpos?
Cada vez más expertos dicen que no. Y su nuevo número ideal podría sorprenderte.
El mito de los 19 °C se resquebraja
Durante décadas, 19 °C se repitió como un conjuro: «bueno para la salud, bueno para el planeta». Venía de guías antiguas, estudios pequeños y de una época en la que las casas perdían calor como un colador. Hoy vivimos en viviendas mejor aisladas, pasamos más horas sentados y trabajamos a distancia con el portátil en vez de estar moviéndonos todo el día. Nuestro estilo de vida se ha vuelto más sedentario, pero nuestros hábitos de calefacción no han terminado de ponerse al día.
Muchos especialistas sostienen ahora que aferrarse a 19 °C como referencia universal está desfasado. Demasiado bajo para unos, derrochador para otros, y a menudo simplemente incorrecto para cómo vivimos de verdad. ¿La nueva idea? Hablar menos de un número sagrado en la ruleta y más de un rango de confort adaptado a cada habitación, cada cuerpo, cada momento. La regla ha pasado de rígida a flexible.
En el Reino Unido, una encuesta reciente de una gran compañía energética constató que la temperatura media del salón en invierno se sitúa ahora en torno a 21–22 °C. No 19. En Alemania y Escandinavia, donde las viviendas están mejor aisladas, la gente declara sentirse cómoda con temperaturas algo más bajas, alrededor de 20–21 °C. La misma lectura del termostato no se siente igual en una casa victoriana con corrientes que en un piso moderno y hermético.
Una familia entrevistada por una asociación de consumidores francesa intentó vivir estrictamente a 19 °C durante un invierno entero. Registraron su sueño, sus resfriados y su estado de ánimo. Al cabo de un mes, subieron la temperatura a 20,5 °C y notaron menos discusiones, menos mantas en el sofá e incluso mejor concentración para los deberes. La factura apenas cambió. La lección fue contundente: el número, por sí solo, no lo explicaba todo.
Los expertos en salud pública hablan cada vez más en rangos. La mayoría coincide en que 20–22 °C es un objetivo más saludable para salones en personas sedentarias, que teletrabajan o más vulnerables al frío. Los dormitorios pueden estar un poco más frescos, alrededor de 17–19 °C, si la ropa de cama es adecuada y la habitación está seca. Los niños, las personas mayores y quienes padecen enfermedades crónicas pueden necesitar de verdad ese grado o dos extra. El aire frío en interiores se asocia a problemas respiratorios, estrés cardiovascular e incluso peor bienestar mental. La «nueva» temperatura recomendada no es una cifra única: es una franja donde tu cuerpo, tu bolsillo y el clima pueden coexistir.
La nueva regla: zonas, capas y escuchar al cuerpo
Los expertos más fiables hoy hablan de «calienta donde vives, no donde solo pasas». En lugar de calentar toda la casa a un único número, recomiendan zonificar: temperaturas distintas en estancias distintas, en momentos distintos. El punto óptimo que muchos especialistas mencionan está alrededor de 20–21 °C en la zona principal de estar durante el día.
Los despachos en casa, donde estás quieto durante horas, a menudo necesitan un ambiente algo más cálido o capas de ropa más inteligentes. Las cocinas, con el horno y los fuegos, pueden mantenerse más frescas. Los pasillos no necesitan ser acogedores en absoluto. Esa nueva «temperatura ideal» ya no es una línea rígida de 19 °C en la arena: es un punto central dentro de un sistema flexible e inteligente.
Pensemos en Mark, 42 años, que convirtió su adosado de los años 50 en un experimento silencioso. El invierno pasado dejó toda la casa a 20,5 °C sin tocarlo. Este año instaló termostatos inteligentes baratos y dividió el hogar en tres zonas: salón a 21 °C por la tarde, dormitorios a 18 °C por la noche, pasillo y cuarto de invitados a 17 °C.
Añadió cortinas más gruesas, un burlete en la puerta trasera con corrientes y puso una alfombra pequeña bajo el escritorio. Resultado: su consumo de gas bajó casi un 15 %, pero él se siente más calentito. Su hija adolescente, que antes se quejaba constantemente de frío, no ha vuelto a mencionar la calefacción. Esa es la paradoja que muchas familias descubren: al dirigir el calor donde importa, la casa se siente más cálida aunque la temperatura media apenas cambie.
¿Por qué funciona? Nuestro cuerpo no reacciona solo al número del termostato. Reacciona a la temperatura radiante (paredes frías, ventanas de un solo vidrio), al movimiento del aire, a la humedad y a lo activos que estemos. Estar quieto a 19 °C con los pies fríos se siente duro. Moverse a 20 °C con calcetines calientes y aire seco puede sentirse perfecto.
Las guías modernas de organismos energéticos y sanitarios lo reconocen discretamente y se inclinan por una banda flexible de confort: 20–22 °C en estancias principales, algo menos donde duermes, y un fuerte énfasis en eliminar corrientes antes de subir el dial. La vieja regla de los 19 °C trataba a todo el mundo como el mismo cuerpo en la misma casa. El nuevo enfoque acepta lo que ya sabemos en la vida real: no somos clones.
Cómo ajustar tu casa al nuevo rango de confort
Un método práctico que muchos técnicos de calefacción sugieren hoy es este: elige una temperatura base ligeramente superior a 19 °C y luego ajusta hacia abajo o hacia arriba según cómo te sientas de verdad. Empieza con 21 °C en la estancia principal durante la semana más fría. Siéntate con esa temperatura dos o tres días. Luego baja 0,5 °C y observa qué cambia realmente.
Haz lo mismo en el dormitorio, empezando alrededor de 18–19 °C y bajando de medio grado mientras ajustas el edredón, el pijama y la ventilación de la ventana. Esta calibración lenta, habitación por habitación, te permite encontrar tu versión personal de la «nueva temperatura recomendada» en lugar de perseguir un número abstracto. Es un trabajo aburrido y metódico, pero es la única forma de casar las guías con tu cuerpo y tu casa.
La mayoría de la gente o bien sobrecalienta por miedo al frío, o bien se aferra con demasiada rigidez al viejo dogma de los 19 °C. Ambos comportamientos vienen del mismo sitio: hábito y ansiedad. En un mal día, corremos al termostato en vez de revisar los calcetines, las cortinas o esa corriente helada bajo la puerta.
Los asesores energéticos ven a menudo los mismos errores: termostatos escondidos detrás de muebles, radiadores tapados por sofás, ventanas en posición de «oscilobatiente» todo el día «para que entre aire» mientras la caldera pelea. Seamos sinceros: nadie hace de verdad todos los días ese ajuste minucioso perfecto. Sin embargo, pequeños cambios puntuales suelen tener un impacto enorme: mover el termostato lejos de una pared fría, cerrar puertas entre zonas, purgar radiadores una vez antes del invierno. No es glamuroso, pero funciona.
Como me dijo un físico de la edificación una fría mañana de diciembre:
«Perseguir un único número mágico como 19 °C tenía sentido cuando sabíamos menos. Hoy, un objetivo realista es un núcleo cálido del hogar en torno a 20–21 °C, y bordes más frescos pero bien gestionados. El confort ya no es un eslogan; es una estrategia».
Para que esa estrategia resulte menos abstracta, muchos expertos recomiendan ahora una lista mental sencilla cuando sientas frío antes de subir la calefacción:
- Revisa primero calcetines, capas y mantas.
- Busca corrientes: ventanas, puertas, rendijas del suelo.
- Compara habitaciones: ¿hay un espacio mucho más frío?
- Ajusta en pasos de 0,5 °C, no con saltos grandes.
- Dale a tu cuerpo una hora para adaptarse antes de volver a cambiar.
Esto no va de «aguantar» el frío. Va de ajustar la calefacción a la necesidad real. En un día duro, el confort puede significar 22 °C en el salón y no pasa nada. En una tarde soleada de invierno, quizá descubras que 20 °C de repente te resulta suficiente. La guía es estable; tu vida no lo es.
Una nueva forma de pensar el calor en casa
Todo esto conduce a una idea simple pero inquietante: el objetivo estricto de 19 °C pertenece a otra época. Nuestras casas son más cálidas, nuestros trabajos más sedentarios, nuestros inviernos más erráticos y nuestras expectativas de confort han subido sin que nos demos cuenta. Seguimos repitiendo el número en voz alta, pero nuestros termostatos cuentan en silencio otra historia.
El cambio real no es solo numérico: es emocional. La calefacción está ahora enredada con la culpa por las facturas, el clima y nuestra responsabilidad de «hacer lo correcto». Todos hemos vivido ese momento de subir un punto el termostato, esperando que la factura no lo acompañe. El nuevo rango recomendado de 20–22 °C en las estancias principales no es una licencia para olvidarse de todo lo demás. Es una invitación a pensar en zonas, hábitos y momentos, en vez de una cifra supuestamente virtuosa.
Abrir esta conversación en casa puede ser sorprendentemente revelador. ¿Quién siente frío antes? ¿Quién duerme mejor en una habitación más fresca? ¿Quién sube el dial en secreto por la noche? Hablarlo, probar pequeños cambios, quizá incluso llevar un «diario de temperaturas» durante una semana puede convertir una fuente silenciosa de tensión en un experimento compartido. El confort pasa a ser algo que diseñáis juntos, no una regla invisible impuesta por una guía antigua. El calor deja de ser un número y se convierte en una elección.
| Punto clave | Detalle | Interés para el lector |
|---|---|---|
| Fin del dogma de los 19 °C | Los expertos privilegian ahora un rango de confort en lugar de un valor único. | Entender por qué la antigua regla ya no encaja con la vida actual. |
| Nueva franja recomendada | Aproximadamente 20–22 °C en estancias de vida, más fresco en dormitorios bien acondicionados. | Tener referencias concretas para ajustar la calefacción sin ponerse en riesgo. |
| Enfoque por zonas y hábitos | Zonificación, pasos de 0,5 °C, combatir corrientes de aire, ropa adecuada. | Reducir la factura y ganar confort con gestos realistas y aplicables. |
Preguntas frecuentes (FAQ)
- ¿Sigue siendo seguro 19 °C para todo el mundo?
Para adultos sanos y activos en viviendas bien aisladas, 19 °C puede ser seguro, pero puede ser demasiado bajo para niños, personas mayores o cualquiera con problemas de salud. La mayoría de los expertos se inclina ahora por alrededor de 20–21 °C en las estancias principales para esos grupos.- ¿Qué temperatura recomiendan los médicos en casa?
Muchos organismos de salud pública sugieren aproximadamente 18 °C como mínimo, con 20–22 °C en salones para el confort y para reducir riesgos de salud asociados al frío, especialmente en personas vulnerables.- ¿22 °C es demasiado para un salón?
No necesariamente. 22 °C está dentro del nuevo rango de confort, sobre todo si pasas muchas horas sentado. La clave es evitar sobrecalentar habitaciones sin uso y equilibrar confort con consumo energético.- ¿Cuál es la mejor temperatura para dormir?
La mayoría de especialistas del sueño señalan alrededor de 17–19 °C para dormitorios, combinado con buena ropa de cama y una habitación seca y bien ventilada. Más fresco que el salón, pero sin llegar a helado.- ¿Cómo puedo sentirme más caliente sin subir demasiado la calefacción?
Céntrate en eliminar corrientes, usar cortinas gruesas, alfombras en suelos fríos, vestir por capas y zonificar la calefacción. Los pequeños cambios que evitan que el calor se escape suelen importar más que un grado extra en el termostato.
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