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Cómo el desorden mental imita los síntomas del cansancio físico

Joven leyendo un libro en escritorio de madera, con auriculares, botella de agua y taza al lado.

Por la mañana, a las 10, Emma ya parecía tener resaca, solo que no había probado una gota de alcohol. Llevaba los hombros pesados, los párpados secos como lija y el café se le había quedado frío dos veces encima de la misma hoja de cálculo. No había corrido una maratón, no había movido nada más pesado que el portátil. Su agotamiento venía de un lugar menos visible: 47 correos sin leer, una tutoría con el profesorado que tenía que reprogramar y una voz en su cabeza repitiendo: «No te olvides… no te olvides… no te olvides».

Su cuerpo se sentía como si hubiera subido cajas por cinco pisos sin ascensor. El único “levantamiento de peso” que había hecho era mental.

Esa tarde, sentada en un atasco, tuvo un pensamiento extraño: ¿Y si el caos de mi cerebro está engañando a mi cuerpo para que crea que está cansado?

Cuando tu mente es un caos, tu cuerpo paga el precio

Ponte en cualquier oficina ajetreada a las tres de la tarde y mira alrededor. La gente se estira como si llevara todo el día paleando grava, se masajea el cuello, parpadea despacio frente a las pantallas. Y, sin embargo, la mayoría no se ha levantado de la silla desde la mañana.

Lo que les drena no es solo el trabajo. Son los pensamientos a medias, las preocupaciones de fondo, las notificaciones zumbando como mosquitos invisibles. El desorden mental rara vez hace un ruido que puedas oír, pero tu sistema nervioso registra cada “ping” como algo que gestionar. Con el tiempo, esa vigilancia de baja intensidad empieza a sentirse como un peso físico. A tu cuerpo le da igual que el peligro sea solo un mensaje de Slack. Responde igualmente.

Una terapeuta de Londres me habló de una clienta que entró convencida de que tenía fatiga crónica. Tenía 32 años, era activa, con analíticas normales, pero decía que se despertaba «ya cansada». Subir escaleras se le hacía como caminar por arena mojada.

Registraron su día hora a hora. No había tareas pesadas, solo un centenar de minúsculas: WhatsApps que contestar, podcasts escuchados a medias, decisiones sobre ejercicio, comida, dinero, apps de citas. No había un momento vacío. No había un pensamiento acabado. Tras dos semanas escribiendo un diario, apareció un patrón: su energía no se desplomaba después del esfuerzo físico. Se desplomaba tras largos tramos de «pensamiento constante de bajo nivel» sin descansos mentales. Su cuerpo reaccionaba a la sobrecarga cognitiva como si hubiera corrido ocho kilómetros.

A nivel biológico, tiene sentido. Tu cerebro trata cada tarea sin resolver como “abierta”. La psicología lo llama efecto Zeigarnik: lo inacabado se mantiene activo en la mente. Cada bucle abierto usa una astilla de atención y un goteo diminuto de hormona del estrés. Multiplica eso por las 150–200 microdecisiones que tomas al día, y tu sistema nervioso está corriendo una maratón silenciosa.

Así que el desorden mental acaba activando los mismos sistemas implicados en la fatiga física: tensión muscular, respiración superficial, aumento de la frecuencia cardiaca, mal sueño. Tu cerebro no separa con pulcritud «estoy mentalmente saturado» de «estoy físicamente agotado». Solo envía el mismo mensaje: túmbate. Para. No hagas más.

Pequeñas limpiezas que liberan mucha energía

Una de las formas más eficaces de aliviar este cansancio “físico” falso es absurdamente simple: un “vaciado mental” diario. Dedica de cinco a diez minutos, coge un cuaderno o abre un documento en blanco y escribe absolutamente todo lo que te está dando vueltas en la cabeza. Sin estructura, sin orden. Solo vacía el trastero mental.

Cuando termines, marca rápido qué es urgente, qué puede esperar y qué puedes soltar. No estás resolviéndolo todo en ese momento; solo lo estás sacando de tu cabeza y llevándolo a un lugar externo. Ese cambio -de “cargar” a “aparcar”- le dice a tu sistema nervioso que la alarma puede bajar de volumen. A mucha gente le sorprende sentir ligereza en los hombros tras un ritual tan pequeño. Es tu cuerpo notando que, por fin, hay un poco más de espacio arriba.

A menudo la gente intenta hacer esto mentalmente, en plan: «Ya me acordaré de todo». No se dan cuenta de que su memoria es precisamente lo que les está cansando. Un jefe de proyecto al que entrevisté probó el método del vaciado mental durante una semana. Al principio lo odiaba; decía que le parecía «más burocracia». El cuarto día notó algo raro: al despertarse, su primer pensamiento ya no era una lista de tareas en modo pánico.

Las había escrito la noche anterior, y su cerebro le había creído. ¿El beneficio físico? Dejó de necesitar esa segunda bebida energética a las 11 de la mañana y dijo que su cuerpo se sentía «menos pesado» al caminar hasta la estación. No había cambiado nada más en su rutina.

El error que comete mucha gente es tratar la claridad mental como un lujo, en vez de como una parte básica de la gestión de la energía. Ordenan el armario, pero viven con una bandeja de entrada que les grita cada vez que abren el móvil.

«Nuestros cuerpos actúan como dispositivos de traducción de nuestra mente», me dijo un psiquiatra con el que hablé. «Si tus pensamientos son irregulares y están abarrotados, tu cuerpo acabará reproduciendo ese caos».

  • Apúntalo en un sitio en el que confíes (papel, app, notas).
  • Decide el siguiente paso diminuto para 3 cosas, no para todas.
  • Elimina o suelta al menos una cosa al día, a propósito.
  • Programa “tiempo para pensar” igual que programas reuniones.
  • Protege un hueco del día sin tecnología, aunque sean 15 minutos.

Repensar el cansancio: ¿qué te está diciendo de verdad tu cuerpo?

Todos hemos tenido ese momento de desplomarnos en el sofá diciendo: «Estoy agotado», y luego, de alguna manera, pasar la siguiente hora haciendo scroll, leyendo, reaccionando. Está claro que al cuerpo le queda energía. Lo que no le queda es atención disponible.

Aquí ayuda un hábito mental silencioso: cuando te llegue esa ola de «estoy tan cansado», para y pregúntate: «¿Estoy cansado de cuerpo o tengo la cabeza saturada?» Si los músculos están bien pero la mente suena como un avispero, trátalo como una limpieza mental, no como un colapso físico. A lo mejor necesitas diez minutos de silencio, un paseo sin móvil o cerrar cinco pestañas innecesarias. Ese pequeño chequeo puede cambiar el tipo de descanso que buscas.

Cuando ignoramos la diferencia, elegimos soluciones equivocadas. Tomamos más café cuando lo que necesitamos son menos decisiones. Culpamos a la edad, a la forma física o al hierro, cuando el verdadero peso son 17 preocupaciones en paralelo triturándose de fondo. Una lectora me contó que pensaba que sus bajones de media tarde eran «cosas de hacerse mayor» hasta que cambió un solo hábito: nada de notificaciones durante las dos primeras horas de su jornada laboral.

En una semana describió su cuerpo como «más ligero» y sus tardes como «menos reventadas». Su recuento de pasos no cambió. Su carga mental sí. Ese es el truco silencioso del desorden mental: se disfraza de limitación física para que ni se te ocurra buscar el origen en tu cabeza.

Debajo de todo esto hay una pregunta más profunda: ¿por qué aceptamos tan rápido como normal sentirnos así de drenados? En algún punto del camino, el cansancio permanente se convirtió en un rasgo de personalidad, un meme, algo de lo que nos reímos mientras pedimos otro latte. Seamos sinceros: nadie hace de verdad todos los días ese ritual perfecto de sueño, deporte y meditación.

Pero no necesitamos perfección para sentirnos diferentes. Solo necesitamos un poco de espacio entre nuestros pensamientos y nuestro cuerpo. Cuando tratas el desorden mental igual que tratarías una habitación por la que ya no se puede caminar -algo que se despeja con suavidad y constancia-, los síntomas empiezan a moverse. Menos pesadez. Menos fatiga falsa. Más sensación de que tu cuerpo y tu cerebro, por fin, vuelven a estar en el mismo equipo.

Punto clave Detalle Interés para el lector
El desorden mental drena energía Las tareas sin terminar y las microdecisiones constantes mantienen el cerebro en un estado de alerta de baja intensidad. Ayuda a explicar por qué te sientes agotado incluso sin un gran esfuerzo físico.
El cuerpo imita la fatiga física El sistema nervioso reacciona a la sobrecarga cognitiva con tensión muscular, respiración superficial y problemas de sueño. Facilita reconocer cuándo el cansancio es mental y no solo físico.
Los rituales simples aportan alivio Vaciados mentales, espacios sin tecnología y una gestión consciente de “bucles abiertos” reducen la carga. Ofrece pasos prácticos para recuperar energía sin cambios drásticos de estilo de vida.

Preguntas frecuentes

  • ¿Cómo sé si mi fatiga es por desorden mental o por un problema de salud? Observa patrones. Si los bajones llegan tras periodos largos de pensar o de pantallas -y no solo tras esfuerzo físico-, la carga mental puede ser un factor. Aun así, una fatiga persistente o intensa siempre merece una conversación con un profesional sanitario para descartar causas médicas.
  • ¿De verdad el desorden mental puede causar síntomas físicos como dolores? Sí. El estrés cognitivo continuado activa los mismos sistemas implicados en el estrés físico. Eso puede manifestarse como hombros cargados, dolores de cabeza, apretar la mandíbula o una sensación de “pesadez” en las extremidades, incluso sin haberte esforzado.
  • ¿Cuánto se tarda en notar cambios si empiezo a despejar mi mente? Algunas personas notan un cambio en pocos días, sobre todo con un vaciado mental nocturno. Para otras, hacen falta unas semanas de pequeños cambios constantes para que su nivel base de energía se sienta distinto.
  • ¿Necesito una rutina perfecta para dejar de sentirme tan cansado? No. Piensa menos en «rutina perfecta» y más en «una o dos cosas innegociables». Por ejemplo: nada de notificaciones antes de las 9:00 o un paseo diario de 10 minutos sin móvil. Los hábitos pequeños y repetibles ganan a los planes ambiciosos que abandonas el jueves.
  • ¿Y si mi vida está realmente llena y no puedo recortar tareas? Puede que no puedas eliminar responsabilidades, pero sí puedes cambiar cómo las sostiene tu cerebro. Externalizar tareas, reducir decisiones (por ejemplo, planificar las comidas de la semana de una vez) y decir que no a algunos compromisos opcionales puede aligerar la carga mental sin poner tu vida patas arriba.

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