On ne es la primera vez que vivimos ese momento en el que un proyecto parece demasiado grande para el bolsillo. Sueñas a lo grande, haces números y, de repente, la realidad cae como una guillotina. Eso es exactamente lo que le acaba de pasar a China, pero a escala cósmica: un sueño científico de 30.000 millones de dólares, puesto en pausa de golpe.
En los despachos alfombrados de Pekín, entre maquetas relucientes y renders 3D de túneles subterráneos, una idea lo dominaba todo: construir el mayor acelerador de partículas del mundo, más vasto, más potente y más ambicioso que el CERN europeo.
Pero los ceros se fueron acumulando, las prioridades se desplazaron y las tensiones económicas se endurecieron. Y, de pronto, ocurrió lo impensable: incluso para la segunda potencia mundial, la máquina de romper átomos se volvió demasiado cara.
La carrera con Europa acaba de entrar en una extraña zona gris.
Cuando un sueño de megaciencia choca contra un muro presupuestario
A menudo imaginamos la ciencia como ideas puras, desligadas del dinero, pero los mayores laboratorios se parecen mucho a obras de autopista con esteroides. En los planes de China, el futuro colisionador circular -el CEPC, por Circular Electron Positron Collider- debía trazar un anillo de 100 kilómetros bajo el campo cerca de Pekín.
Pueblos enteros habrían visto llegar ejércitos de ingenieros, perforadoras gigantes y convoyes de hormigón, solo para permitir que partículas invisibles dieran vueltas a la velocidad de la luz.
Sobre el papel, era un gesto de poder científico. En la práctica, se convirtió en una ecuación financiera imposible de resolver.
La idea, sin embargo, tenía todo para seducir a un gobierno amante de los símbolos. Tras el descubrimiento del bosón de Higgs en el LHC del CERN en 2012, los físicos soñaron más grande, más preciso, más caro. Europa empezó a hablar de un “Future Circular Collider” (FCC). China, por su parte, sacó un proyecto casi espejo, pero con una promesa tácita: ponerse a la cabeza mundial de la física de altas energías.
Pósteres coloridos mostraban el anillo del CEPC dibujando un círculo perfecto sobre las llanuras. Las conferencias científicas terminaban con diapositivas que exhibían 2030, 2035, 2040, como fechas de conquista.
Luego llegaron la pandemia, la crisis inmobiliaria china, las tensiones comerciales y el frenazo del crecimiento. Y esas mismas diapositivas empezaron a desaparecer discretamente de las presentaciones oficiales.
La lógica detrás de este frenazo es fría, casi brutal. Construir un acelerador de ese tamaño no solo cuesta miles de millones: compromete a un país durante décadas de gastos, mantenimiento, equipos que financiar y tecnologías que actualizar.
Las estimaciones del CEPC se hincharon: de un rango en torno a 20.000 millones de dólares a más de 30.000, incluso 40.000 según algunos cálculos internos no confirmados. A esos niveles, cada reunión presupuestaria se convierte en un campo de batalla entre “física fundamental” y “hospitales, empleo, infraestructuras, IA nacional”.
Seamos sinceros: nadie hace esto a diario, poner 30.000 millones sobre la mesa para algo con retornos comerciales difusos y lejanos. China ha elegido pulsar pausa, aunque el término oficial sea más ambiguo.
Cómo el giro de China reconfigura la rivalidad silenciosa con Europa
El método chino, desde hace veinte años, seguía una trayectoria casi automática: cuando aparecía en algún lugar del mundo una gran infraestructura simbólica, poco después llegaba un equivalente made in China, a menudo más grande, más alto, más rápido.
El CEPC debía ser para el CERN lo que los trenes de alta velocidad chinos fueron para el TGV: la versión XXL, optimizada, ultrarrápida, instalada a marcha forzada en el territorio. Para los físicos chinos, era también una forma de repatriar talento expatriado en Ginebra, Tokio o Stanford.
Al aparcar este proyecto, China envía una señal muy clara: incluso los sueños científicos más prestigiosos deben pasar ahora por el filtro estrecho de una economía bajo presión.
En la comunidad científica se nota en los pasillos de las conferencias.
Un investigador europeo cuenta que los stands de presentación del CEPC, siempre muy animados antes de 2020, han ido perdiendo brillo. Menos folletos, menos fechas firmes, más “si” y “quizá”.
Mientras tanto, en Suiza y Francia, el CERN sigue empujando su propio proyecto de futuro colisionador, el FCC, aunque también se topa con debates financieros y políticos. La competición ya no parece una carrera de velocidad, sino un maratón en el que todo el mundo se detiene periódicamente a mirar su cuenta bancaria.
Europa respira un poco mejor, porque disminuye el riesgo de que la adelanten de golpe. Pero nada garantiza que vaya a llegar hasta el final.
En el fondo, el asunto revela una tensión más profunda: ¿hasta dónde está dispuesto un país a pagar por una ciencia que no promete directamente empleos o patentes? En los informes chinos, las cuestiones sociales vuelven una y otra vez: deuda pública local, paro juvenil, apoyo a tecnologías estratégicas como los chips y la IA.
Un colisionador gigante, por fascinante que sea, no se vende fácilmente como “respuesta a los problemas cotidianos”. Europa afronta la misma pregunta, con un debate más público, más ruidoso, pero igual de tenso.
El sueño de encontrar nuevas partículas, comprender el origen de la masa o la energía oscura compite con asuntos mucho más prosaicos como las pensiones y el precio de la energía.
El contraste es brutal: en el centro, partículas minúsculas. Alrededor, 8.000 millones de humanos contando facturas.
Lo que esta pausa nos enseña sobre los megaproyectos y los límites del mundo real
Aun así, hay una especie de método detrás de este frenazo. En China, los equipos de física de partículas no han desaparecido con el CEPC. Se reorganizan y se vuelcan en proyectos más específicos, menos faraónicos: detectores de neutrinos, observatorios de rayos cósmicos, colaboraciones internacionales más modestas.
La táctica se parece a una retirada estratégica: se renuncia al gran símbolo, se conserva el ecosistema de cerebros y tecnologías.
A la larga, eso puede permitir volver con más fuerza: con un proyecto más realista, más escalonado en el tiempo, o incluso sumándose a un futuro colisionador en Europa u otro lugar, en vez de construirlo todo en solitario.
Para los responsables -y, en cierto modo, para cada uno de nosotros- esta historia sirve de recordatorio contundente: incluso las potencias más ricas deben elegir sus “lujos científicos”. Apostarlo todo a un giga-proyecto implica aceptar que otros ámbitos se queden sin oxígeno durante diez, quince o veinte años.
En un contexto en el que China también quiere dominar el espacio, la IA, el 5G y los semiconductores, la lista de prioridades se vuelve rápidamente inmanejable.
Los errores frecuentes en este tipo de apuesta suelen venir del ego nacional: querer demostrar al mundo que se puede hacer todo, ya, sin mirar el coste de oportunidad. Esta vez, Pekín retrocedió antes de hundirse.
Del lado científico hay frustración, pero el argumento financiero no es absurdo. Nada es sencillo en esta historia.
Un físico europeo me resumió la situación con una frase que suena casi como una confesión colectiva:
“Hemos soñado con aceleradores cada vez más grandes sin plantearnos seriamente la pregunta: ¿de verdad el mundo quiere pagar por esto, una y otra vez?”
Para el lector, esta pausa en China abre una ventana extraña. Invita a preguntarse qué esperamos realmente de la ciencia a muy gran escala, en una época en la que cada euro, cada yuan y cada dólar parecen ya contados.
Para orientarse, algunas referencias simples ayudan a clarificar lo esencial:
- El tamaño de un proyecto no dice nada, por sí solo, sobre su utilidad real para la sociedad.
- Los retornos de la física fundamental existen, pero suelen llegar tarde y por caminos inesperados.
- Las decisiones presupuestarias en ciencia son tanto políticas como intelectuales.
Un agujero gigante en el suelo que existe, sobre todo, en nuestra imaginación
Lo llamativo es que el CEPC probablemente no existirá nunca tal y como se dibujó… y, sin embargo, ya ha cambiado el panorama científico mundial.
Desde hace diez años, cientos de investigadores han pensado sus carreras, sus tesis y sus colaboraciones alrededor de esa posibilidad. Universidades abrieron plazas. Países vecinos soñaron con contratos.
Hoy, el proyecto se parece a un túnel fantasma inmenso, perfectamente circular, excavado no en la roca, sino en nuestra imaginación colectiva.
No hay hormigón vertido ni cables enterrados: solo PDF, presentaciones y una gran pregunta: ¿qué aspecto tiene el “progreso” cuando incluso los gigantes empiezan a decir que no?
| Punto clave | Detalle | Interés para el lector |
|---|---|---|
| El CEPC, en pausa | China congela su proyecto de colisionador gigante, considerado demasiado costoso en el contexto económico actual. | Entender por qué incluso un Estado muy rico retrocede ante ciertos sueños científicos. |
| Rivalidad con Europa | La retirada china redibuja la competencia con el futuro colisionador europeo del CERN. | Ver cómo la geopolítica influye de forma concreta en la investigación fundamental. |
| Ciencia vs. prioridades sociales | Los presupuestos se desplazan hacia la IA, los chips, el empleo y las necesidades cotidianas. | Preguntarse: ¿a dónde iría tu propio “millardo imaginario” si tú decidieras? |
FAQ:
- ¿Por qué China detuvo el proyecto CEPC?
Oficialmente se habla de “reevaluación” y de prioridades presupuestarias. En la práctica, el coste estimado -potencialmente por encima de 30.000 millones de dólares- se volvió demasiado pesado en un contexto de crecimiento más lento y presiones económicas internas.- ¿Significa esto que se cancela el próximo gran colisionador del mundo?
No exactamente. El Future Circular Collider (FCC) europeo sigue en estudio, con posibles fases escalonadas durante varias décadas. No hay garantías: los debates políticos y financieros siguen siendo intensos, pero la puerta no está cerrada.- ¿Qué descubriría realmente un colisionador así?
Los científicos esperan afinar la comprensión del bosón de Higgs, buscar señales de nueva física más allá del modelo estándar, explorar el origen de la masa y quizá encontrar indicios relacionados con la materia o la energía oscuras. No hay promesas: todo es potencialmente revolucionario.- ¿Hay alternativas más baratas a los aceleradores gigantes?
Sí. Proyectos más específicos -como experimentos de neutrinos, observatorios cósmicos o nuevos conceptos de aceleradores compactos- cuestan menos y también pueden abrir vías inéditas. Pero ninguno reemplaza por completo la potencia de un colisionador gigante.- ¿Qué significa esto para los jóvenes físicos?
Algunas trayectorias profesionales se desplazarán: más hacia la colaboración internacional, el análisis de datos existentes u otras áreas fronterizas como la astrofísica o la IA científica. El sueño de la “próxima gran máquina” no ha muerto, pero se vuelve más incierto, más fragmentado, más político.
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