La nieve llegó primero como un telón suave, amortiguando el zumbido habitual del tráfico y las sirenas.
Al caer la noche, se había convertido en un muro blanco que se tragaba farolas, señales de autopista y, en algunos lugares, coches enteros. En Buffalo, una madre grabó a sus hijos durmiendo con abrigos de invierno en un piso sin electricidad, con el vaho haciéndose visible en cada palabra susurrada. En Texas, los conductores abandonaron sus vehículos en pasos elevados cubiertos de hielo y caminaron, con la cabeza agachada, a través de un viento que cortaba como cristal roto.
En todo Estados Unidos -desde los Grandes Lagos hasta las Grandes Llanuras y muy al sur- esta «tormenta invernal histórica» no solo trajo nieve. Puso al descubierto una congelación más profunda: redes eléctricas frágiles, servicios de emergencia con falta de personal, sistemas de comunicación averiados. La gente marcaba el 911 y escuchaba grabaciones. Los hospitales funcionaban con generadores de emergencia y con esperanza.
En directo por televisión, los gobernadores prometían investigaciones y resiliencia. En redes sociales, familias pedían ayuda a desconocidos para encontrar a seres queridos desaparecidos entre los ventisqueros. En algún punto entre esas dos realidades, una pregunta empieza a morder.
Ciudades enterradas, teléfonos en silencio y un gobierno sorprendido
En una calle secundaria de Minneapolis, un hombre llamado Rafael intentó desenterrar su coche con una caja de plástico de almacenaje porque las tiendas se habían quedado sin palas días antes. La nieve le llegaba por encima de las rodillas, helada y pesada, de la que parte ramas de árboles con una sola ráfaga. Las quitanieves no habían pasado ni una vez en toda la noche. El teléfono le vibraba con alertas municipales instando a los residentes a quedarse en casa y evitar los «desplazamientos no esenciales», una advertencia que sonaba casi a burla cuando la luz llevaba ya 18 horas cortada.
Las alertas por la tormenta habían sido dramáticas, sí. La respuesta sobre el terreno lo fue bastante menos. Los autobuses no circulaban. Los centros de calor abrieron tarde. Los responsables locales hablaban con tonos tranquilos y ensayados, mientras miles de personas se encogían alrededor de hornillos de gas y velas, intentando no pensar en lo que podría pasar si la calefacción no volvía.
En el norte del estado de Nueva York, la policía informó de ventisqueros tan altos como una puerta, haciendo desaparecer manzanas enteras. Las cámaras de autopista mostraban tráileres plegados como juguetes, con las luces de emergencia parpadeando y desvaneciéndose bajo oleadas de blanco. En 48 horas, más de un millón de hogares se habían quedado sin electricidad en varios estados. En un condado especialmente golpeado, el sheriff admitió en la radio que «los tiempos de respuesta son indefinidos», una frase que suena muy distinta cuando tu padre mayor depende de oxígeno.
En pueblos más pequeños, los bomberos voluntarios durmieron en el parque porque no había forma de ir y venir. En el Texas rural, familias quemaron muebles para entrar en calor una vez más, perseguidas por el recuerdo del colapso de la red en 2021 que dejó cientos de muertos. La Guardia Nacional se desplegó, pero incluso los vehículos militares luchaban contra la ventisca, la falta de visibilidad y las carreteras enterradas.
Las cifras llegaron como otro frente. Decenas de muertes confirmadas, muchas más sospechadas. Cientos de accidentes de tráfico. Miles de personas varadas en aeropuertos mientras las aerolíneas cancelaban vuelos y luego cancelaban también las recolocaciones en esos vuelos. Las urgencias reportaron congelaciones, intoxicaciones por monóxido de carbono y crisis de salud mental disparándose al mismo tiempo.
Detrás de cada número había una historia: un paciente de diálisis que no podía llegar a la clínica, una trabajadora de supermercado atrapada toda la noche en la tienda con compañeros, un conductor de autobús durmiendo en su vehículo helado porque la cochera se había quedado sin luz. Las ruedas de prensa oficiales estaban llenas de expresiones como «evento sin precedentes» y «tormenta de una vez por generación». La gente que escuchaba desde casas oscuras y gélidas reaccionaba con la misma risa corta y tensa.
Los expertos llevan años advirtiendo de que la red energética estadounidense y la infraestructura de emergencias son frágiles. Aun así, cada vez que llega una tormenta «histórica» vemos la misma película. Los cables ceden bajo el hielo. Los transformadores revientan. Se agota la sal para las carreteras. Las agencias locales suplican apoyo federal, mientras los residentes -otra vez- se convierten en sus propios primeros intervinientes. La tormenta hizo visible algo que mucha gente siente incluso con sol: una sensación creciente de que los sistemas diseñados para protegerlos están al límite de romperse.
A nivel humano, eso golpea duro. A nivel político, plantea una pregunta muy directa: si un país rico tiene tantas dificultades con nieve y hielo que sabía que venían, ¿qué ocurre cuando el clima le arroja algo aún más extraño?
Cómo sobrevive realmente la gente cuando el sistema no aparece
Cuando la tormenta empezó a parecer menos meteorología y más una prueba de supervivencia, la gente cambió en silencio de esperar ayuda a construírsela. Vecinos tendieron alargaderas desde generadores a través de patios traseros. Residentes de bloques reunieron mantas en un solo piso y fueron turnando móviles con una única batería externa cargada. En algunas manzanas, un hornillo de gas se convirtió en una cocina comunitaria no oficial, con ollas de sopa burbujeando mientras la gente llamaba y se colaba para robar diez minutos de calor.
La supervivencia pasó de individual a colectiva, rápido. Un vecino de Detroit describió a una anciana vigilando el porche desde la ventana, negándose a abrir a cualquiera que no reconociera. Para el segundo día, esa misma mujer estaba sentada en el suelo del abarrotado salón de al lado, envuelta en abrigos compartidos, contando historias de la ventisca del 77 mientras el adolescente de alguien le rellenaba en silencio la bolsa de agua caliente.
Por mucho que se hable de «preparación», lo que de verdad cambió los resultados en esta tormenta no fue quién tenía el kit de emergencia más sofisticado. Fue quién tenía una red. Quienes conocían tres puertas cercanas a las que llamar afrontaron una noche muy distinta que quienes no conocían a nadie en su planta. En una ciudad de Ohio, grupos cívicos crearon brigadas improvisadas de nieve mediante chats, despejando entradas de coche para personas señaladas por vecinos como mayores o con discapacidad.
Sobre el papel, el gobierno había cumplido: se emitieron avisos, se redactaron comunicados, se crearon hashtags. Sobre el terreno, la gente improvisó con lo que tenía. Seamos sinceros: nadie hace realmente esto a diario: el «kit de 72 horas» completo, la mochila de emergencia bien etiquetada, los bidones de agua en el sótano. La mayoría de los estadounidenses afectados por la tormenta tenían lo que hubiera en la despensa y lo que hubiera en su lista de contactos.
Y lo hicieron funcionar. Un propietario de restaurante en Chicago repartió comidas calientes gratis hasta que su cocina se quedó sin gas. Una iglesia en Oklahoma se convirtió en refugio iluminado por velas a pilas, con los bancos apartados para hacer sitio a sacos de dormir. Voluntarios con todoterrenos, sin cobrar y casi sin seguro, llevaron a enfermeras al hospital a las 4 de la mañana porque el transporte oficial se había detenido.
Toda esa generosidad amortigua el golpe, pero también subraya una realidad brutal: mucho depende de la suerte y de las redes personales. De si tu vecino tiene un generador, de si un negocio local puede permitirse seguir abierto, de si un desconocido en internet ve tu petición antes de que se apague tu móvil. Esa red de seguridad es cálida y muy humana. También es profundamente desigual.
Un especialista en desastres con quien hablé lo llamó «resiliencia de retales». La expresión se quedó. Esta tormenta no solo enterró autopistas y casas; dejó al descubierto un modelo de supervivencia que se apoya más en la buena voluntad que en una protección garantizada.
«Cuando la gente tiene que financiar y coordinar colectivamente la seguridad básica en mitad de una ventisca, eso no es resiliencia», dijo un planificador de emergencias de Colorado. «Es una señal de que los sistemas oficiales están fallando a cámara lenta».
En las redes, publicaciones bajo hashtags como #AtrapadosPorLaNieve y #FalloDeLaRed mezclaban un humor negro extraño con una rabia contenida. Chistes sobre «FEMA casera» convivían con mensajes crudos: «A mi padre se le está acabando el oxígeno, llevamos 20 horas sin luz, ¿alguien cerca con generador?». No eran gritos aislados; llegaban en oleadas, dibujando casi en tiempo real qué barrios el Estado había dejado, de facto, a su suerte.
- La gente compartía mapas en tiempo real de refugios con calefacción que de verdad estaban abiertos, después de que las listas oficiales se demostraran desactualizadas.
- Grupos de ayuda mutua coordinaron entregas de medicación a residentes bloqueados por la nieve cuando las farmacias habían cerrado antes.
- Presentadores de radio locales convirtieron los programas de llamadas en centros de coordinación improvisados, emparejando ofertas de ayuda con necesidades desesperadas.
- Algunas comunidades registraron cortes y tiempos de respuesta para construir sus propios datos, diciendo que ya no confiaban en las cifras oficiales.
A nivel visceral, esta solidaridad impulsada por la gente parece lo mejor de Estados Unidos. Pero bajo ese calor hay una pregunta más afilada e incómoda: ¿por qué se obliga a la gente corriente a cargar con el peso mientras los sistemas diseñados -y financiados- para protegerlos se quedan parados detrás de atriles?
Lo que esta tormenta dice de verdad sobre energía, confianza y la próxima crisis
La nieve ya se está derritiendo en algunos de los lugares más golpeados, convirtiéndose en una papilla gris que pronto se irá por los desagües y será olvidada por quienes lograron salir adelante. Para las familias que perdieron a alguien por el frío, sin embargo, esto no es solo otra «tormenta histórica». Es una fecha grabada en la memoria, un pequeño aniversario privado de una noche en la que se fue la luz y no volvió a tiempo.
El juego de culpas empieza, claro. Los gobernadores señalan a los operadores de la red. Los operadores culpan a los «fenómenos meteorológicos extremos». Los responsables locales apuntan a los recortes presupuestarios. Las agencias federales hablan de «inversiones a largo plazo en resiliencia» que siempre parecen programadas para el futuro, nunca para este invierno, nunca para esta tormenta. La gente que escucha desde casas con tuberías reventadas y comida estropeada lo archiva todo bajo el mismo epígrafe: promesas a posteriori.
A un nivel más profundo, la tormenta arrancó una ilusión reconfortante: que los desastres encajan limpiamente en categorías -huracanes aquí, ventiscas allá, incendios en otro sitio- y que los sistemas construidos hace décadas pueden con ellos. Las líneas se están difuminando. El aire cálido alimenta tormentas de nieve más fuertes. Redes diseñadas para un clima más suave se tensan bajo nuevos extremos. Planes de emergencia basados en antiguos «eventos de 100 años» se encuentran con tormentas que llegan cada tres o cuatro.
En una pantalla, eso parece un problema de políticas públicas. En una habitación a oscuras a las 3 de la mañana, envuelto en todas las mantas que tienes, se siente mucho más personal. Plantea preguntas crudas sobre quién cuenta y quién no cuando se cierran las carreteras, sobre qué barrio se limpia primero, sobre a quién le vuelve la luz pronto y a quién lo dejan al final de una hoja de cálculo. En el fondo, todos hemos vivido ese momento en que miras el mapa del tiempo y te preguntas en silencio: si se pone feo, ¿estamos solos?
Así que la gente se adapta. Compra baterías de respaldo si puede permitírselas. Aprende qué amigos viven en la misma red que un hospital, porque esas luces suelen volver primero. Guarda capturas de mapas comunitarios, no gubernamentales. La confianza se desplaza, milímetro a milímetro, desde las promesas oficiales hacia la experiencia vivida.
Ese desplazamiento pesa. Cuando llegue la próxima tormenta -y llegará, con otro nombre pero el mismo frío hasta los huesos- la prueba real no será solo cuántas quitanieves despliega el Estado o lo rápido que el gobernador firme una declaración de desastre. Será si la gente cree que pedir ayuda sigue mereciendo la batería que consume. Será si las comunidades siguen apoyándose en una resiliencia de retales o si la presión se convierte en algo que por fin obligue a otro tipo de respuesta.
La nieve se derretirá. Los titulares pasarán a otra cosa. Se escribirán informes sobre la red y quedarán guardados en un cajón. Pero las conversaciones en cocinas, tiendas de barrio y autobuses llenos ya se inclinan hacia una pregunta más dura y más honesta: en un país que no deja de llamar «histórica» a cada nueva tormenta, ¿cuántas advertencias hacen falta para que el fracaso deje de tratarse como una sorpresa?
| Punto clave | Detalle | Interés para el lector |
|---|---|---|
| Fragilidad de la infraestructura | Una tormenta de nieve histórica dejó sin electricidad, transporte y servicios de emergencia a varios estados. | Ayuda a entender por qué los cortes y el caos se repiten en cada tormenta «de una vez por generación». |
| Resiliencia de retales | Los ciudadanos dependieron más de vecinos, ayuda mutua y refugios improvisados que de los sistemas oficiales. | Muestra que la supervivencia real suele depender de redes comunitarias, no solo de planes formales. |
| Ruptura de la confianza en las instituciones | La gente ve cada vez más los avisos y las promesas como reactivos, no protectores. | Invita a cuestionar qué significa realmente la protección donde vives y qué podría tener que cambiar. |
Preguntas frecuentes
- ¿Por qué esta tormenta invernal causó tanto caos en EE. UU.? Porque redes eléctricas envejecidas, servicios locales infradotados y sistemas de emergencia al límite se enfrentaron a un nivel de frío y nieve para el que no estaban realmente preparados.
- ¿Sabía el gobierno que venía la tormenta? Sí. Los meteorólogos avisaron con días de antelación, pero la planificación y las mejoras de infraestructura van muy por detrás de lo que esas previsiones ya predicen de forma habitual.
- ¿El fallo de la red eléctrica ocurrió solo en una región? No. Varios estados sufrieron cortes importantes, desde la región de los Grandes Lagos hasta el sur, dejando al descubierto distintos puntos débiles tanto en redes regionales como locales.
- ¿Cómo se las arregló la gente corriente cuando colapsaron los servicios? Recurrieron a vecinos, grupos de ayuda mutua, negocios locales y redes informales, compartiendo calor, comida, transporte e información.
- ¿Qué puede hacer alguien antes de que llegue la próxima gran tormenta? Hablar con los vecinos cercanos, identificar un espacio cálido compartido, almacenar algo de comida y agua si se puede, y guardar copias sin conexión de contactos de ayuda local: pequeños pasos que importan cuando la ayuda oficial tarda.
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