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El lanzamiento de cohetes por internet en China es un paso peligroso hacia el dominio espacial.

Mujer usando tableta frente a un cohete despegando al atardecer, con el océano de fondo.

No hubo cuenta atrás de la NASA ni una banda sonora orquestal dramática. Solo una estilizada columna blanca, con la marca de una empresa china de internet, desgarrando el cielo como una maniobra de marketing que se salió de control. En el chat, la gente spameaba emojis, chistes y consignas patrióticas. Un usuario se limitó a escribir: «Nosotros somos los siguientes».

Parecía entretenimiento. Sonaba a progreso. Y, sin embargo, detrás de los gráficos pulidos y los eslóganes de marca, aquel lanzamiento llevaba algo más pesado que el propio cohete: un nuevo tipo de poder. Uno que mezcla algoritmos, datos y hardware en órbita.

El clip se hizo viral en cuestión de minutos.

El día en que una empresa tecnológica llegó a la órbita

La primera sorpresa no fue la llama ni el estruendo. Fue el logotipo. Un gigante de internet, más conocido por vídeos cortos y descuentos en reparto de comida, de pronto estaba en el mismo negocio que las agencias espaciales nacionales. En las plataformas sociales chinas, los fans trataron el lanzamiento como si fuera el estreno de un producto. «Qué orgullo», escribían, como si esto fuese solo otra función de una app desplegada de la noche a la mañana.

Las empresas que están detrás de estos cohetes hablan de conectividad, servicios en la nube y de «empoderar a los creadores». El lenguaje resulta familiar, casi aburrido. Ese es el truco. Cuanto más normal suena todo, más fácil es olvidar lo que en realidad está ocurriendo: plataformas privadas, cargadas de datos, están poniendo su propio hardware en el espacio, bajo el paraguas protector de un Estado poderoso. Eso cambia las reglas del juego.

Mira los números. China ha pasado de unos pocos lanzamientos al año a principios de los 2000 a ocupar el segundo puesto en la carrera global de lanzamientos, a menudo codo con codo con Estados Unidos. Gigantes estatales como CASC comparten escenario con startups ágiles y firmas vinculadas a internet, muchas respaldadas discretamente con fondos públicos. En 2023 y 2024, múltiples cohetes comerciales chinos alcanzaron la órbita, probando propulsores reutilizables, lanzadores de bajo coste y densas constelaciones de satélites.

Cada lanzamiento añade más ojos y oídos sobre nuestras cabezas. Muchos se venden como inocuos: monitorización meteorológica, banda ancha rural, ayuda en catástrofes. Pero entonces ves especificaciones técnicas inquietantemente cercanas a la imagen de grado militar o a comunicaciones de doble uso. La línea entre lo «civil» y lo «estratégico» se difumina. Sobre el papel, va de streaming más rápido. En la práctica, es un mapa de infraestructura del planeta.

La lógica es brutalmente simple. El espacio es la nueva altura dominante. Quien controla las órbitas controla una capa de la realidad en la que la mayoría no piensa nunca: señales de sincronización, navegación, retransmisión de datos, vigilancia. China observó la era del GPS estadounidense, Starlink y las empresas espaciales privadas reescribiendo el libro de reglas. Ahora está escribiendo su propio guion, y el lanzamiento del cohete «de internet» es un capítulo de una historia mayor sobre dominación, no solo sobre acceso.

Cómo lanzamientos «inocentes» se convierten en una ventaja

Si quieres entender el movimiento, empieza por algo concreto: la latencia. Para una plataforma china, poner sus propios satélites en órbita significa conexiones más rápidas, sobre todo en regiones donde las redes terrestres son débiles o políticamente sensibles. Un vídeo carga más rápido. Un pago se confirma en un instante. Una fábrica remota se sincroniza con un servidor en Pekín en lugar de con uno en algún punto de California.

Suena friki, pero los milisegundos son dinero. También son influencia. Una empresa que controla la capa orbital no solo aloja tus vídeos; está moldeando lo rápido que puedes llegar a cualquier rincón del mundo. Esa es la parte silenciosa de estos lanzamientos. El cohete es el espectáculo. El acto real ocurre después, cuando los hábitos digitales empiezan a doblarse alrededor de una nueva infraestructura.

Ya hemos visto un patrón similar en la Tierra. Primero llegan las apps: feeds sociales, mensajería, compras. Luego llega la fontanería invisible: centros de datos, cables de fibra óptica, rieles de pago. Cuanto más depende la gente de ello, más difícil es desenchufar. Ahora imagina el mismo patrón extendido a la órbita, con satélites que conectan regiones remotas con plataformas chinas, saltándose a los gigantes occidentales de las telecomunicaciones. Seamos sinceros: nadie lee los contratos de uso al detalle, y menos aún las fichas técnicas de los satélites que hay detrás de sus vídeos favoritos.

También hay una capa de seguridad. La ley china obliga a las empresas a cooperar con las autoridades estatales en materia de datos e infraestructura. Así que cuando una compañía de internet lanza un satélite «comercial», no opera en el vacío. Esa red orbital pasa a formar parte de un ecosistema más amplio que, en las condiciones adecuadas, puede apoyar posicionamiento global, reconocimiento y enlaces de mando y control. No hace falta pintar una bandera roja en el cohete para que encaje en una estrategia nacional.

Aquí es donde la «dominación espacial» deja de sonar a ciencia ficción. No se trata solo de plantar una bandera en la Luna. Se trata de crear una red de dependencias: países de África, Asia o América Latina comprando conectividad, nube y servicios satelitales a plataformas chinas porque son más baratos, más rápidos o políticamente menos exigentes. Una vez que esos servicios se incrustan en la vida diaria -escuelas, hospitales, puertos, logística-, cambiar de proveedor se vuelve doloroso. La órbita se convierte entonces en palanca.

Qué pueden hacer realmente gobiernos y ciudadanos

Existe la tentación de encogerse de hombros y decir: el espacio es cosa de superpotencias, no de gente corriente. Pero la respuesta empieza con algo engañosamente modesto: transparencia y contratos. Los gobiernos pueden exigir una divulgación completa de quién posee qué satélites, qué datos manejan y bajo qué leyes operan. Suena burocrático, pero es una primera línea de defensa contra ceder en silencio infraestructura estratégica a plataformas orbitantes controladas desde fuera.

En el plano de las políticas públicas, un método es tratar los servicios espaciales como utilidades críticas. La navegación, la sincronización y la banda ancha procedentes de constelaciones controladas por actores extranjeros pueden limitarse, diversificarse o emparejarse con alternativas locales. Piensa en ello como no permitir que un solo actor -estadounidense, chino o el que sea- posea todo el cielo sobre las redes de tu país. La ciudadanía también tiene un papel: preguntar por qué sus servicios públicos o universidades contratan herramientas concretas basadas en satélites, y qué ocurre si algún día se cierra el grifo.

A nivel humano, hay algo aún más frágil: nuestra propia atención. Estos lanzamientos vienen envueltos en hype y branding de estilo de vida, diseñados para resultar emocionantes e inofensivos. Todos hemos vivido ese momento en el que nos dejamos llevar por la tecnología sin hacernos demasiadas preguntas. Es normal. Y también es así como las dependencias crecen silenciosamente en segundo plano. Pararse a preguntar «¿quién gestiona esto, quién se beneficia, quién podría apagar el interruptor?» es una forma pequeña pero real de resiliencia.

Los expertos en política espacial empiezan a hablar de ello con más crudeza.

«Lo más peligroso no es un solo cohete», me dijo un analista europeo. «Es despertarte dentro de cinco años y darte cuenta de que la mitad de tu vida digital depende de satélites que no controlas y que apenas entiendes».

Ese tipo de advertencia puede sonar abstracta, así que aquí tienes una lista mental para mantener los pies en la tierra:

  • ¿Quién es el propietario de los satélites que hay detrás de los servicios que uso cada día?
  • ¿Qué leyes nacionales rigen a esas empresas y sus datos?
  • ¿Se podría restringir el acceso o usarlo como arma en una crisis?
  • ¿Tiene mi país alguna alternativa independiente, aunque sea limitada?
  • ¿Tratan mis dirigentes la infraestructura orbital como estratégica, o solo como almacenamiento barato en la nube, pero en el cielo?

Por qué este lanzamiento debería quedarse en tu cabeza

El cohete «de internet» de China se desvanecerá del ciclo de noticias. Llegará otro lanzamiento, con nuevos logotipos, gráficos más frescos, quizá una celebridad-influencer promocionándolo en directo. Pero la trayectoria es la misma: más híbridos público-privados en órbita, más satélites cosidos al tejido de la vida cotidiana, más palanca acumulándose en silencio por encima de las nubes.

Esta no es una historia de tecnología «buena» o «mala». Es una historia de asimetría. Algunas sociedades construyen los cohetes, las constelaciones y los estándares. Otras solo consumen los servicios. Con el tiempo, esa brecha deja de ser técnica y se vuelve política. ¿Quién puede desconectarse sin colapsar? ¿Quién puede cambiar de proveedor sin una crisis? ¿Quién decide cuán saturado, cuán militarizado, cuán vigilado se vuelve nuestro espacio cercano a la Tierra?

El lanzamiento es peligroso no porque un solo cohete alcanzara la órbita, sino porque normaliza un futuro en el que las grandes tecnológicas, respaldadas por Estados poderosos, tratan el espacio como su siguiente capa de territorio. Estamos viendo nacer una economía de plataformas orbitales, con todas las mismas dinámicas que ya hemos visto en tierra: encierro del usuario, acaparamiento de datos, presión sutil disfrazada de comodidad. La diferencia es que los satélites no llaman a tu puerta. Simplemente aparecen sobre ella.

Compartir ese vídeo corto del cohete puede parecer trivial. Hablar de ello tomando un café puede sonar friki. Pero estas pequeñas conversaciones moldean la rapidez con la que aceptamos -o nos resistimos a- la idea de que quien posee las plataformas, posee el cielo. Y una vez que esa idea se endurece y se convierte en realidad, cambiarla será mucho más difícil que lanzar un cohete.

Punto clave Detalle Interés para el lector
Empresas de internet en órbita Las plataformas tecnológicas chinas ahora lanzan sus propios cohetes y satélites, difuminando la línea entre apps e infraestructura estratégica. Ayuda a ver que los servicios digitales «inofensivos» están ligados al poder duro en el espacio.
Capacidades de doble uso Las constelaciones comerciales pueden servir tanto a fines civiles como militares, desde conectividad hasta reconocimiento y navegación. Muestra por qué los lanzamientos espaciales importan para la seguridad, no solo como noticia tecnológica.
Dependencia y palanca Países y usuarios corren el riesgo de depender de redes orbitales extranjeras que no controlan ni comprenden del todo. Invita a cuestionar quién gestiona la infraestructura que sostiene tu vida digital.

Preguntas frecuentes

  • ¿Es legal el lanzamiento del cohete «de internet» de China según el derecho espacial internacional? Sí, lanzar cohetes comerciales está permitido por los tratados actuales, siempre que los Estados autoricen y supervisen a sus empresas. El problema es menos de legalidad y más de dinámicas de poder a largo plazo y de falta de normas globales actualizadas.
  • ¿En qué se diferencia un «cohete chino de internet» de los lanzamientos de SpaceX? Ambos mezclan marca privada con estrategia nacional, pero las empresas chinas operan dentro de un marco de seguridad estatal más estricto y bajo leyes que obligan a una cooperación estrecha con las autoridades, lo que da a Pekín más palanca directa sobre activos espaciales «comerciales».
  • ¿Son estos satélites realmente peligrosos para la gente corriente? No suponen una amenaza física directa para tu vida diaria, pero pueden reconfigurar quién controla los flujos de datos, la conectividad y los servicios críticos de los que depende tu sociedad, especialmente en crisis.
  • ¿Pueden otros países competir de forma realista con el empuje espacial de China? Sí, mediante alianzas, constelaciones compartidas e inversión en capacidades nacionales, pero exige tratar la infraestructura espacial como estratégica y no como un nicho del sector tecnológico.
  • ¿Qué puede hacer un individuo ante la dominación del espacio? No puedes detener un cohete, pero puedes apoyar exigencias de transparencia, seguir cómo tu gobierno contrata servicios satelitales y mantener en la conversación pública el vínculo entre «tecnología guay» y poder.

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