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En este país, alquilar un marido por horas demuestra lo poco útil que es hoy el matrimonio tradicional.

Mujer sosteniendo una tableta y un destornillador en una oficina, junto a una estantería y plantas.

He bows, steps out of his shoes, and walks straight to her dripping kitchen sink. In two hours, he will fix the leak, move a wardrobe, listen to her vent about her boss and - crucial detail - leave. No small talk about in-laws. No silent resentment about who did the dishes last week. She’s not cheating. She’s renting a husband by the hour. And in this country, that simple transaction is starting to look like a brutal review of traditional marriage.

Cuando un marido se convierte en un servicio, no en un estatus

Los folletos de “alquiler de marido” son casi absurdamente simples. Un número de teléfono, una lista de tareas: arreglar estanterías, montar muebles, ayudar con papeleo, fingir ser tu pareja en un evento escolar. Tarifas por hora. Los hombres que aparecen son de mediana edad, educados, centrados. Traen herramientas, no flores. Las clientas los describen menos como amantes y más como “apoyo fiable”, como llamar al servicio técnico para tu vida personal. El romance se externaliza. Las expectativas son cristalinas. Y, extrañamente, el alivio emocional es real.

En Japón, donde este fenómeno está floreciendo en silencio, las tasas de matrimonio caen mientras la soledad se dispara. Una popular agencia de “alquiler de maridos” informó de miles de reservas al año, de madres solteras, viudas e incluso mujeres casadas cansadas de pedir ayuda a un cónyuge ausente. Una mujer en Osaka contrató a un marido de alquiler para hacerse pasar por su pareja en una reunión con el tutor, para que no la juzgaran como “incompleta”. Otra reservó a un hombre simplemente para que la acompañara a hacer la compra, porque cargar bolsas pesadas sola le parecía un recordatorio semanal de que nadie la respaldaba. La frontera entre la necesidad emocional y la ayuda práctica se vuelve borrosa muy rápido.

Sobre el papel, esto parece un servicio local pintoresco. Mirado de cerca, es una rebelión silenciosa contra el guion antiguo. El matrimonio tradicional prometía un manitas integrado, cuidador, coprogenitor, terapeuta, animador y socio financiero, todo en una sola persona permanente. La realidad rara vez coincidía con ese folleto. Al poner precio a lo que se supone que debe hacer un “marido”, estos servicios dejan al descubierto la brecha entre fantasía y función. El matrimonio ha pasado a ser menos una cuestión de roles compartidos y más de obligaciones vagas. Alquilar un marido por horas hace esas obligaciones específicas, negociables y -lo más demoledor- fácilmente reemplazables.

Lo que “alquilar un marido” revela sobre lo que realmente queremos

El movimiento básico es sencillo: dividir el papel de “pareja” en tareas y momentos concretos. ¿Necesitas ayuda con los impuestos? Puedes pagar por ello. ¿Necesitas a alguien que sujete la escalera o suba tu nueva lavadora cuatro pisos por las escaleras? Reserva una sesión. En cuanto dejas de esperar que una sola persona lo cubra todo para siempre, empiezas a preguntarte: ¿qué quiero de verdad de una relación y qué estaba delegando por inercia? De repente, el mito del cónyuge para todo parece torpe. Un poco como usar una navaja suiza cuando en realidad solo necesitas un destornillador decente.

Muchas mujeres que usan estos servicios no intentan sustituir el amor. Están tapando huecos muy específicos que se suponía que el matrimonio debía cubrir. Una madre divorciada de dos hijos en Tokio reservó un marido de alquiler no porque se sintiera sola por la noche, sino porque su ex nunca, ni una sola vez, la ayudó con formularios del colegio o a montar muebles. El hombre que contrató no coqueteó. Le explicó cómo usar un taladro, etiquetó cada documento con paciencia y luego se fue. Más tarde, ella dijo que se sintió a la vez empoderada y furiosa: ¿por qué el respeto básico y la colaboración parecían un lujo durante tanto tiempo? Cuando la negligencia emocional se cruza con la incompetencia práctica, la ayuda por horas puede sentirse como una revelación.

Visto con frialdad, el “alquiler de maridos” es una auditoría despiadada del matrimonio tradicional. Si un desconocido puede ofrecer más fiabilidad, escucha y apoyo práctico en dos horas que un cónyuge en un mes, ¿qué valor tiene exactamente el contrato? La vieja promesa de “hasta que la muerte nos separe” empieza a sonar menos noble y más como una suscripción a largo plazo que olvidaste cancelar. Un matrimonio que se apoya en el deber en lugar del cuidado cotidiano y concreto lo tiene difícil para competir con servicios que son transparentes sobre qué obtienes, cuándo y a qué precio. Un anillo no aprieta un tornillo flojo.

Cómo dejar de tratar a tu pareja como a un manitas de tarifa plana

Hay un ejercicio pequeño, casi vergonzoso, que a los terapeutas de pareja les encanta en silencio: apuntar cada tarea que esperas de una pareja y ponerle precio como si fuera un servicio. Trabajo doméstico, crianza, carga mental, logística, planificación social, gestión del dinero, reparaciones. No para convertir el amor en una hoja de cálculo, sino para sacar a la luz expectativas invisibles. En países donde alquilar un marido es una opción, la gente hace esto de forma inconsciente. En otros lugares, puedes hacerlo en la mesa de tu cocina. En cuanto te preguntas “¿le pagaría a alguien por esto?”, notas qué partes de tu relación has dado por sentadas -en ambos sentidos-.

A partir de ahí, el trabajo es desordenado, pero posible. Hablad de qué roles parecen justos, cuáles pesan, cuáles te generan un resentimiento secreto. Podéis renegociar el trato: contratar ayuda externa para algunas cosas, intercambiar otras, o dejar de fingir que una persona es “naturalmente” mejor en todas las tareas domésticas, emocionales o financieras. En un martes agotador, cuando nadie quiere doblar la ropa o arreglar una estantería rota, recuerda: no estás externalizando el amor por repartir la carga. Lo estás protegiendo. Seamos sinceros: nadie aguanta haciendo esto a diario sin acabar agotado o amargado.

Una clienta japonesa describió así su momento de despertar:

“Cuando me di cuenta de que podía simplemente reservar a alguien para que me ayudara, vi lo bajos que habían sido mis estándares en mi matrimonio. No estaba pidiendo devoción. Estaba pidiendo que apareciera, y no lo hizo.”

Esa clase de claridad puede doler, pero también es un mapa. Si quieres evitar deslizarte hacia una relación en la que un desconocido pueda superarte fácilmente, ayudan algunos recordatorios:

  • La vida en común es un proyecto, no un favor que una persona le hace a la otra.
  • Las peticiones específicas son más amables que la decepción vaga.
  • Pagar por ayuda no significa que tu relación haya fracasado.

Cuando la fantasía del cónyuge para todo afloja su agarre, la verdadera colaboración tiene espacio para respirar.

El matrimonio después del mito: ¿qué queda cuando se cae el disfraz?

Una vez que has visto “marido” o “mujer” reducidos a tareas por horas en una lista de precios, es difícil dejar de verlo. El matrimonio tradicional empieza a parecer menos un hito inevitable y más una opción entre muchas formas de organizar cuidados, intimidad y logística. Algunos seguirán eligiendo el modelo antiguo con ambas manos, pero con los ojos abiertos. Otros construirán arreglos más sueltos y modulares: coparentalidad sin romance, romance sin convivencia, amistades densas en apoyo mutuo. El escándalo silencioso es que, cuando la ayuda se puede comprar y los roles se pueden compartir, el amor ya no necesita justificarse arreglando tuberías.

Punto clave Detalle Interés para el lector
Alquiler de maridos Servicios facturados por hora para tareas prácticas y apoyo social Entender cómo esto cuestiona el modelo conyugal clásico
Auditoría de roles Listas y “tarificación” simbólica de las tareas de pareja Identificar desequilibrios invisibles en el propio hogar
Asociación redefinida Paso de la fusión total a un reparto negociado de funciones Imaginar formas de relación más justas y respirables

FAQ:

  • ¿Alquilar un marido va realmente de romance? No suele serlo. La mayoría de las clientas buscan ayuda práctica, cobertura social o una escucha respetuosa, no una historia de amor.
  • ¿Significa esto que el matrimonio está “acabado” como institución? No, pero sí significa que el guion antiguo está perdiendo su monopolio. La gente está más dispuesta a mezclar servicios, amistades y parejas.
  • ¿Pagar por ayuda es más frío que apoyarse en la pareja? No cuando la alternativa es el resentimiento y el agotamiento. Los acuerdos claros pueden, de hecho, proteger la ternura.
  • ¿Pueden las parejas usar esta idea sin contratar a nadie? Sí: poniendo nombre a las tareas, renegociando roles y abandonando el mito de que una persona debería “naturalmente” hacerlo todo.
  • ¿Qué cambia esto para alguien que está soltero/a? Replantea la soltería como un reto logístico, no como un fracaso personal. Puedes construir una red de apoyo sin esperar un anillo.

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