Pero si miras más de cerca, algo ha empezado a cambiar. Una hilera de aerogeneradores blancos gira con parsimonia en una cresta lejana. Un parque solar centellea al borde de una zona industrial que hace diez años no existía. El paisaje empieza a contar una historia muy distinta.
Francia ha anunciado que quiere triplicar en tiempo récord su capacidad de producción de energías renovables, convirtiendo una transición lenta en un sprint en toda regla. El país que durante mucho tiempo se apoyó en su parque nuclear promete ahora un auge de la eólica, la solar y la biomasa como pocas veces se ha visto en Europa. Hay miles de millones de euros sobre la mesa, se reescriben normativas, y alcaldes de pequeños municipios hablan de repente de gigavatios.
Sobre el papel, suena audaz. Sobre el terreno, es otra cosa completamente distinta.
Francia pisa el acelerador de las renovables
Imagina un mapa de Europa de noche, iluminado por la demanda eléctrica desde Dublín hasta Varsovia. Durante décadas, Francia destacaba como la tierra del azul nuclear en esa red invisible, con electricidad baja en carbono procedente sobre todo de sus reactores. Ahora ese mismo mapa se está redibujando en tonos verdes. París quiere que la capacidad renovable se dispare: de unos 60 GW hoy a cerca de 180 GW en la próxima década aproximadamente.
Esto no es una curva suave. Es una pared vertical.
Los planificadores energéticos hablan de “acelerar” como si estuviéramos girando un mando. En la práctica, triplicar la capacidad significa nuevos aerogeneradores frente a Bretaña, campos solares en Occitania, paneles agrivoltaicos sobre viñedos y huertos, y azoteas que se convierten en minicen trales eléctricas de Lille a Marsella. Significa más cables, más almacenamiento, más debates locales. En resumen: una revolución a plena vista.
Pensemos en la pequeña ciudad de Redon, en el oeste de Francia. Hasta hace poco, su gran tema energético era el precio del combustible de calefacción en invierno. Entonces llegó una propuesta para cubrir varias decenas de hectáreas de antiguo suelo industrial con paneles solares. Al principio, la reacción fue defensiva: miedo a “mares de hormigón”, preocupación por las aves, preguntas sobre quién se beneficiaría.
Meses después, tras reuniones nocturnas en el ayuntamiento y discusiones acaloradas en las pausas del café, el ánimo cambió. Los vecinos descubrieron que el emplazamiento abastecería a decenas de miles de hogares y generaría ingresos fiscales para servicios locales. Agricultores de la zona empezaron a preguntar si podían instalar paneles que diesen sombra sobre sus cultivos. Una clase de instituto fue de visita, móviles en mano, midiendo la luz y hablando de ciencia climática como si fuese lo más normal del mundo.
Un proyecto piloto convirtió un objetivo nacional difuso en algo que la gente podía tocar.
Esta escena se repite, con variaciones, por toda Francia. Detrás de los titulares sobre gigavatios y nuevas leyes, hay una red de decisiones a escala humana. Francia ha aprobado una importante ley de aceleración de las renovables, ha reducido los plazos de permisos para eólica y solar, y ha introducido “zonas prioritarias” donde los proyectos pueden avanzar mucho más rápido. Las grandes eléctricas rondan, pero también cooperativas ciudadanas e inversores locales que quieren una parte del futuro.
La lógica es sencilla: si Francia quiere seguir siendo uno de los principales actores económicos e industriales de Europa y, al mismo tiempo, cumplir los objetivos climáticos, no puede apoyarse solo en la nuclear. Los reactores envejecidos necesitan mantenimiento; la electrificación del coche, la calefacción y la industria está disparando la demanda. Triplicar las renovables no es solo política climática: es seguridad energética, empleo y una manera de no volver a quedar estrangulados por los precios del gas o por shocks geopolíticos.
Bajo el discurso político hay una realidad contundente: o el país se mueve rápido, o verá cómo otros toman la delantera.
De las grandes promesas a los cables enterrados
La velocidad suena glamurosa, pero en energía suele ser un trabajo ingrato. La verdadera “aceleración” vendrá de miles de decisiones pequeñas y nada sexy: un permiso de solar en tejado aprobado en tres semanas en vez de doce meses, un proyecto eólico que necesita un estudio ambiental en lugar de cinco, una mejora de la red local planificada antes de que llegue la sobrecarga. Ahí es donde Francia está reescribiendo en silencio el reglamento.
Uno de los palancas más potentes es la zonificación. Los alcaldes pueden definir ahora “zonas de aceleración renovable” donde los proyectos son activamente bienvenidos. En esas áreas se recortan trámites, se cartografían pronto los usos en conflicto, y a los operadores de red se les dice: preparaos. Es como dibujar corredores verdes en el mapa y decir: “Aquí, vamos rápido”.
Para la ciudadanía y las empresas, aquí es donde las cosas se vuelven tangibles. Un polígono empresarial cerca de Lyon que antes se encogía de hombros ante la solar está siendo empujado por incentivos fiscales y nuevas normas a convertir cada cubierta plana en una mini central eléctrica. Una cooperativa en los Alpes está entrando en la rehabilitación de una pequeña central hidroeléctrica. Estos gestos parecen modestos por separado. Apilados, hacen que se muevan las estadísticas nacionales.
También hay un cambio cultural en marcha. Durante años, las renovables en Francia se veían a menudo como un añadido, un buen complemento al “verdadero” pilar nuclear. Esa mentalidad se está erosionando. Los operadores de red ya planifican asumiendo que en determinadas horas la solar será la reina. La industria firma acuerdos de compra de energía (PPA) a largo plazo directamente con proyectos eólicos y solares, fijando precios y protegiéndose del próximo shock fósil.
Seamos honestos: nadie hace realmente esto todos los días, pero cada vez más hogares empiezan a comprobar de dónde viene su electricidad, no solo cuánto cuesta. Algunos cambian de proveedor por mezclas más verdes. Otros invierten pequeñas cantidades en parques eólicos locales o cooperativas de tejados. Aún no son movimientos masivos; son más bien ondas tempranas. Aun así, las ondas tienen una forma de convertirse en olas cuando los incentivos encajan.
Cómo Francia puede convertir la ambición en realidad cotidiana
Si vives en Francia, o la observas desde fuera, la historia de esta aceleración no es solo para responsables políticos. Se filtra en cómo se construyen las viviendas, cómo las empresas planifican inversiones, incluso en cómo miras el tejado vacío de una nave. Un método sencillo destaca: pensar en capas de oportunidad. Empezar por lo que ya existe y luego añadir renovables alrededor como un andamiaje inteligente.
En lo práctico, eso significa priorizar tejados y aparcamientos antes que campos sin tocar. Significa vincular instalaciones solares a rehabilitaciones de edificios, para que el aislamiento y los paneles lleguen en la misma ola. Para una empresa, puede ser combinar una instalación solar en cubierta con baterías para suavizar picos. Para un ayuntamiento, podría ser agrupar varios proyectos pequeños -solar en colegios, bombas de calor en edificios públicos- en un único paquete de financiación que de verdad tenga sentido.
Cuanto más pueda Francia agrupar estas capas, más rápido subirá el número de capacidad sin encender la oposición por el uso del suelo. No es magia. Es logística.
En lo humano, la transición choca con algo que todos reconocemos: el cansancio. La gente está cansada de oír hablar de “planes históricos” y “esfuerzos sin precedentes”. Se preocupan por las facturas, el empleo, el valor de su casa cerca de un futuro parque eólico. En un mal día, otra reunión ambiental se siente como una tarea más en una lista ya imposible.
En un buen día, sin embargo, algo encaja. Una familia que instala agua caliente solar se da cuenta de que sus facturas de energía de verano casi han desaparecido. Un agricultor prueba la agrivoltaica -paneles que dan sombra al ganado o a cultivos delicados- y de repente ve más resiliencia ante las olas de calor. En la plaza de un pueblo, una reunión sobre una cooperativa eólica ciudadana termina con cervezas en vez de insultos.
A escala social, estas microhistorias son las que hacen que el gran objetivo de “triplicar la capacidad” suene menos a eslogan y más a un camino que la gente realmente puede recorrer.
“No solo estamos cambiando nuestro mix energético”, me dijo recientemente un ingeniero senior del operador de la red francesa. “Estamos cambiando el ritmo del país: cuándo producimos, cuándo consumimos, cómo pensamos un día soleado o una noche ventosa. Eso no es un ajuste técnico, es un cambio cultural.”
Para seguir ese nuevo ritmo sin quemarse, ayudan algunos hábitos muy terrenales. No grandes revoluciones vitales, solo pequeños anclajes en las decisiones diarias:
- Mira el origen de tu contrato de electricidad una vez al año, no una vez en la vida.
- Apoya al menos un proyecto renovable local o ciudadano, aunque sea con una cantidad pequeña.
- Habla de energía en casa en términos prácticos -confort, ruido, facturas-, no solo en lenguaje climático abstracto.
- Fíjate en cómo tu municipio designa sus “zonas prioritarias”: ahí se construirá el futuro inmediato.
- Mantén un ojo en el almacenamiento y en los electrodomésticos inteligentes; darán forma a lo flexible -y a lo libre- que se sienta tu vida energética.
La carrera ha empezado, y todo el mundo está en la pista
La decisión de Francia de triplicar la capacidad renovable no es una saga técnica lejana que se desarrolla en ministerios y consejos de administración. Está empezando a filtrarse en las rutinas cotidianas, como lo hicieron la alta velocidad o los smartphones sin pedir permiso. Puede que lo notes primero como una nueva partida en el presupuesto local, o como andamios en un edificio antiguo que de repente luce una piel nueva y brillante de paneles.
Lo que hace distinta esta fase es la velocidad. El país no se acerca de puntillas al cambio: está pisando a fondo. Eso conlleva riesgos reales: proyectos apresurados que ignoran la biodiversidad, tensiones en áreas rurales, redes saturadas, reacción política. También trae una oportunidad poco común de replantear quién se beneficia. ¿Fluirá el valor solo hacia las grandes eléctricas, o compartirán las ganancias hogares, agricultores y pequeñas empresas?
Un día quizá estés en el andén de una estación, mires hacia arriba a una marquesina de paneles solares que protege a los viajeros de la lluvia, y te des cuenta de que antes eso era solo metal inerte. O pases junto a un antiguo erial industrial que ahora alimenta en silencio de electricidad a medio departamento. En una noche invernal de tormenta, cuando el viento aúlle en la costa atlántica y las casas sigan brillantemente iluminadas, quizá recuerdes este momento en que Francia decidió acelerar como nunca.
Las transiciones energéticas suelen contarse como historias de tecnología y política. Por debajo, sin embargo, son historias sobre identidad y valentía. ¿Quién queremos ser como país que una vez levantó toda una flota nuclear en tiempo récord? ¿Estamos dispuestos a movilizarnos con la misma intensidad por el viento, el sol y el almacenamiento, sabiendo que no quedará tan bonito en una postal, pero que puede resultar igual de decisivo para nuestro lugar futuro en Europa?
| Punto clave | Detalle | Interés para el lector |
|---|---|---|
| Triplicar la capacidad renovable | De ~60 GW hoy a alrededor de 180 GW en la próxima década | Ayuda a calibrar lo rápido y profundo que cambiará el paisaje energético |
| Zonas de aceleración | Nuevas áreas “prioritarias” donde los proyectos eólicos y solares avanzan más rápido | Muestra dónde se concentrarán las oportunidades locales -y los debates locales- |
| Impacto cotidiano | Solar en tejados, agrivoltaica, almacenamiento, nuevos contratos y empleos | Conecta los objetivos nacionales con decisiones concretas en hogares y empresas |
Preguntas frecuentes
- ¿Por qué Francia acelera las renovables si ya tiene nuclear? Porque la demanda eléctrica va a crecer con el coche eléctrico, las bombas de calor y la industria, mientras los reactores envejecen y necesitan mantenimiento intensivo. Las renovables aportan flexibilidad, reducen importaciones fósiles y refuerzan la seguridad energética.
- ¿Qué tipos de energías renovables crecerán más? Se espera que la solar crezca más rápido, especialmente en tejados y aparcamientos, seguida por la eólica terrestre y marina, además de más biomasa, modernización hidráulica y algo de geotermia.
- ¿Esto abaratará la electricidad para los hogares? No de la noche a la mañana, pero grandes volúmenes de eólica y solar tienden a bajar los precios mayoristas en ciertas horas y reducen la exposición a picos del gas, lo que estabiliza las facturas con el tiempo.
- ¿Cómo pueden beneficiarse directamente las comunidades locales? Mediante ingresos fiscales, empleo local y participación en cooperativas energéticas ciudadanas o esquemas de propiedad compartida, que devuelven parte del valor del proyecto a los residentes.
- ¿Está Francia en camino de convertirse en un referente en Europa? Está pasando de rezagada en renovables a posible líder, gracias a su base nuclear más un despliegue rápido de eólica y solar. El resultado dependerá de cómo gestione la velocidad, las mejoras de red y la aceptación pública.
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