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Por qué hacer varias tareas a la vez cansa más, incluso si son fáciles

Persona trabajando en un escritorio con portátil, móvil en una libreta, planta y taza de té.

La mujer del café parecía perfectamente tranquila por fuera.

Portátil abierto, auriculares puestos, el móvil boca arriba junto al platillo de su tercer café. Estaba respondiendo a un mensaje en Slack, escuchando a medias un pódcast sobre productividad, revisando una notificación de su app bancaria y echando un vistazo a los titulares que iban pasando por su smartwatch.

Veinte minutos después cerró el portátil con un golpe suave y airado. «¿Por qué estoy tan cansada? Si casi no he hecho nada», masculló, sin dirigirse a nadie en particular.

Sus tareas no eran difíciles. Un correo por aquí, un formulario rápido por allá, un ajuste en el calendario, un pedido de la compra. Todo en porciones pequeñas. Todo factible. Aun así, se le vencieron los hombros como si acabara de cruzar un puerto de montaña.

Lo extraño es que el cerebro a menudo se agota más haciendo malabares con cosas fáciles que avanzando de forma constante en una sola cosa exigente.

Por qué tu cerebro se viene abajo cuando haces malabares con tareas «fáciles»

Mira a alguien en un día normal de trabajo y verás la misma danza. Una hoja de cálculo abierta, un chat que salta, una mirada rápida al móvil, una pestaña del navegador parpadeando con un correo nuevo. Sin crisis, sin jefes gritando, sin decisiones de vida o muerte. Solo una llovizna suave de tareas pequeñas y simples.

Y, aun así, a media tarde empiezan los bostezos. Escuecen los ojos. El cerebro se siente áspero, como si lo hubieran frotado con arena. La gente piensa que es vaga o que no sirve para la «vida moderna», cuando lo que realmente la desgasta es el cambio constante. No el peso de las tareas, sino la manera en que están dispuestas.

En una pizarra, parecería inofensivo. En un sistema nervioso, es una fuga lenta.

En un estudio de Stanford, las personas que hacían mucha multitarea y estaban constantemente alternando entradas digitales tenían dificultades para filtrar información y mantener el foco, incluso cuando las tareas eran simples. Sus cerebros estaban escaneando en busca de estímulos nuevos en lugar de asentarse en uno solo. Otro experimento de laboratorio mostró que quienes cambiaban entre tareas podían perder hasta un 40% de su tiempo productivo en transiciones diminutas e invisibles.

Piensa en el clásico trabajador de oficina abierta: pings de Slack cada siete minutos, pestañas de correo parpadeando, herramientas de gestión de proyectos sonando como tragaperras. Ninguna tarea es ingeniería aeroespacial. Y, sin embargo, al final del día, su mente es una nube borrosa. Llega a casa y se pone a hacer scroll en el sofá, no porque le sobre energía, sino porque el cerebro se ha quedado atascado en modo «¿y lo siguiente?».

Esas cifras y esas escenas cuentan la misma historia. El cerebro no necesita una gran emergencia para cansarse. Necesita mil invitaciones diminutas a apartar la mirada.

Cada vez que cambias de una tarea a otra, aunque sea algo pequeño, tu cerebro necesita descargar las reglas de la primera y cargar las reglas de la siguiente. Los científicos lo llaman «coste de cambio». Tú lo notas como un microtartamudeo: ese instante en el que piensas: «Espera, ¿qué estaba haciendo?».

Las tareas fáciles te engañan haciéndote creer que no hay coste. Así que te permites rebotar: correo, mensaje, app de notas, navegador, vuelta al correo. Cada salto obliga a tu corteza prefrontal a reiniciar sus instrucciones. Ese reinicio quema energía mental igual que un coche quema combustible cada vez que frena y arranca, incluso en trayectos cortos.

Con las horas, ese bucle de reinicio se convierte en fatiga. No un burnout dramático. Más bien una niebla gris, lenta, que embota el pensamiento y acorta la paciencia. Las tareas se sienten más difíciles no porque hayan cambiado, sino porque tu batería mental se ha ido drenando en silencio con los cambios entre ellas.

Cómo trabajar con tu cerebro, no contra él

Una de las formas más simples de recortar la fatiga es diseñar el día con «carriles únicos» en lugar de intersecciones. Elige una pequeña categoría de tareas y agrúpala en un bloque corto y enfocado: 20 minutos de mensajes, 20 minutos de administración, 20 minutos de trabajo creativo. Durante cada bloque, lo demás puede esperar.

No tiene que ser perfecto. Puede que te interrumpa un compañero o un niño. La idea es reducir el número de cambios voluntarios que tú mismo provocas. Le estás enseñando a tu cerebro: durante estos 20 minutos, estamos solo en este carril. Suena casi demasiado simple. Y, aun así, muchas personas notan una bajada real del agotamiento al final del día tras una semana probándolo.

Tu cerebro prefiere el ritmo a la variedad.

Cuando la gente empieza a experimentar con esto, a menudo descubre lo fuerte que se ha vuelto el picor por cambiar. Empiezan un bloque de concentración de 15 minutos y, dos minutos después, la mano se va hacia el móvil. O recuerdan un correo que «de verdad deberían» enviar. Y entonces llega la espiral de culpa: «Soy un desastre, no puedo concentrarme».

Esa reacción es injusta. Has pasado años -quizá décadas- entrenando tu mente para picotear tareas diminutas. Es normal que se retuerza ante la primera señal de silencio. Un gesto más amable es esperar el impulso de cambiar, reconocerlo y volver con suavidad la atención al carril elegido. Como pasear a un perro inquieto que tira de la correa. Sin drama, solo un tirón constante en la dirección correcta.

Y seamos sinceros: nadie mantiene bloques de concentración perfectos todos los días. El juego es desviarse menos, no convertirse en monje.

«La multitarea no es hacer muchas cosas a la vez. Es solo cambiar muy rápido y pagar un precio oculto cada vez.»

Para que esto sea real y no solo una frase bonita, ayuda crear anclajes físicos en tu entorno:

  • Mantén visible en la pantalla solo una ventana relevante durante un bloque de concentración.
  • Silencia las notificaciones no urgentes durante una o dos horas al día.
  • Usa un temporizador sencillo (o incluso uno de cocina) para marcar un inicio y un final claros.
  • Aparca los «pensamientos aleatorios» en un papel en lugar de actuar sobre ellos.
  • Termina cada bloque con una nota de una línea: «Siguiente paso: …» para facilitar la reentrada.

Estos pequeños movimientos reducen la cantidad de decisiones que tu cerebro tiene que tomar. Menos decisiones, menos cambios, menos de ese cansancio que cala hasta los huesos de «no hacer nada y aun así estar acabado».

Aprender a respetar tu combustible mental

Algunas personas solo se dan cuenta del coste de la multitarea cuando paran. Se van de vacaciones, cierran sesión en sus apps de trabajo, y notan que a las 3 de la tarde siguen despejadas. Los días vuelven a sentirse largos. La misma persona, el mismo cerebro, solo que con menos exigencias de cambio. Ese contraste puede ser agradable y un poco inquietante a la vez.

Eso plantea preguntas incómodas sobre cómo vivimos y trabajamos. ¿Por qué aceptamos bandejas de entrada que nunca duermen y herramientas de colaboración que nunca se detienen? ¿Por qué presumimos de multitarea como si fuera un talento, cuando toda la investigación cognitiva la describe como un impuesto? Compartir estas preguntas con compañeros o amigos puede mover un poco la cultura. Un equipo que decida tener dos horas «sin chat» cada tarde no arreglará el mundo, pero quizá sí arregle su energía.

Y, una vez pruebas días en los que tu mente no se deshilacha por los bordes, cuesta no ver lo que hace el cambio constante. Empiezas a proteger tu atención como protegerías tu sueño.

Punto clave Detalle Interés para el lector
La fatiga viene de los cambios Cada cambio entre tareas crea un coste mental oculto Entender por qué estás agotado incluso sin un trabajo «grande»
Las tareas fáciles engañan Invitan a dispersarse, lo que desgasta el cerebro Detectar los falsos «trabajitos» que rompen tu concentración
Los bloques de tareas alivian el cerebro Agrupar por tipo reduce los costes de cambio Recuperar energía sin alargar tus jornadas

Preguntas frecuentes

  • ¿La multitarea siempre aumenta la fatiga, incluso con tareas simples? Casi siempre. Tu cerebro paga un coste de cambio tanto si la tarea es enviar un informe complejo como si es mirar un mensaje corto. Cuanto más simple parece la tarea, más fácil se siente, así que tiendes a alternar más y acumular más fatiga oculta.
  • ¿Escuchar música mientras trabajas se considera multitarea? Depende. La música instrumental o muy familiar de fondo exige muy poca atención a muchas personas. Las letras, los pódcasts o la radio hablada compiten por los mismos recursos de lenguaje y pensamiento que tu trabajo, así que pueden agotarte más rápido, sobre todo en tareas que requieren concentración.
  • ¿Por qué me siento más cansado después de un día de «administración ligera» que después de trabajo profundo? La administración ligera suele significar decenas de tareas minúsculas: formularios, correos, aprobaciones, respuestas cortas. Cada una dispara una nueva preparación mental. El trabajo profundo es una decisión seguida de un esfuerzo sostenido. El día de administración parece más fácil en papel, pero es más duro para tu sistema de atención.
  • ¿Cuánto tiempo debería concentrarme en una tarea antes de cambiar? No hay un número mágico, pero a mucha gente le van bien bloques de 20–30 minutos para trabajo exigente y 15–20 minutos para mensajes o administración. El objetivo es un tramo que se sienta ligeramente desafiante pero asumible, no maratones heroicos que abandonarás el jueves.
  • ¿La multitarea es alguna vez útil o eficiente? Puede estar bien cuando una tarea es casi automática, como doblar la ropa mientras charlas, o caminar mientras haces lluvia de ideas. El problema empieza cuando ambas tareas tiran de tu «cerebro pensante». Ahí es cuando suben los errores, baja la velocidad y aumenta la fatiga, aunque cada tarea parezca «fácil» por separado.

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