On a longtemps cru qu’un parent aimant ne pouvait jamais faire de mal.
Durante mucho tiempo se creyó que un progenitor cariñoso no podía hacer daño.
Que no existía un «exceso» de amor. Sin embargo, en las consultas de psicología se repite una frase en adultos que tiemblan ante la idea de decepcionar: «Mis padres me querían tanto… que tenía miedo de todo». Se les ve a los 30, a los 40, con un currículum sólido y un corazón que se acelera con cada correo de su jefe. Duermen mal, dudan de sí mismos, sobreanalizan cada mensaje de WhatsApp. Crecieron con padres muy presentes, muy atentos, muy implicados. A veces, un poco demasiado.
No fue el amor lo que les hirió. Fue la forma que tomó ese amor, día tras día, sin que ningún adulto llegara a verlo de verdad. Y ahí es donde la historia se complica.
Cuando el amor se convierte silenciosamente en combustible para la ansiedad
Imagina a una madre atándole los cordones a su hijo de 9 años, aunque él sabe perfectamente hacerlo. Lo hace «para ayudar», porque por la mañana hay prisa, porque le duele verle esforzarse. El niño protesta un poco y luego se deja. En esa pequeña escena cotidiana, nada parece tóxico. Nadie grita. Nadie pega. La casa huele a café y tostadas, no a drama.
Aun así, ocurre algo sutil: el mensaje que se filtra es: «Eres frágil. Déjame gestionarlo por ti. El mundo es un poco demasiado para ti». Multiplicado por cientos de mañanas, miles de pequeños rescates, ese mensaje se convierte en una creencia. El niño deja de poner a prueba sus propias capacidades. Se apoya un poco más en mamá y un poco menos en sí mismo. La ansiedad adora ese tipo de terreno.
Los psicólogos incluso tienen un nombre para este patrón: crianza sobreprotectora o «de helicóptero». Estudios de universidades de Estados Unidos, Reino Unido y Australia vinculan este estilo con niveles más altos de ansiedad y depresión en adultos jóvenes. La lógica es simple. Cuando un niño rara vez afronta por sí mismo la frustración, el riesgo, la incomodidad social o el fracaso, su sistema nervioso nunca aprende: «Puedo con esto». Más adelante, cuando la vida le lanza retos normales de la edad adulta -un examen, una ruptura, un conflicto en el trabajo- el estrés se siente catastrófico. Su cerebro no está acostumbrado a esa presión. El amor, ofrecido como escudo contra cualquier incomodidad, ha robado sin querer la oportunidad de construir músculo emocional.
En un plano más emocional, muchos adultos criados así describen una extraña doble atadura. Se sintieron muy queridos, pero también constantemente observados. Cada tristeza se calmaba de inmediato, cada miedo se «arreglaba» rápido. Eso generó un miedo silencioso a equivocarse ante esos ojos amorosos. Crecieron caminando sobre cáscaras de huevo emocionales, no porque sus padres fueran crueles, sino porque se preocupaban tanto que no soportaban ver a su hijo angustiado. Así nace la ansiedad bajo una manta suave.
Cómo querer a tu hijo sin alimentar su ansiedad futura
Existe un punto intermedio práctico que los psicólogos repiten una y otra vez: amor cálido y receptivo, más autonomía real. Un método sencillo se llama «andamiaje y retirada» (scaffold and step back). Ayudas lo justo para que el niño se sienta acompañado y luego, deliberadamente, te apartas. Puedes quedarte en el borde del parque mientras tu hijo de 5 años descubre cómo subir la escalera grande. Estás cerca, pero las manos permanecen en los bolsillos.
Ese pequeño detalle lo cambia todo. El sistema nervioso de tu hijo recibe el mensaje: «No estoy solo, pero esto me toca intentarlo a mí». Lo mismo vale para niños mayores. Deja que tu adolescente llame al dentista para cambiar la cita, aunque tú estés allí, escuchando. Es más rápido hacerlo tú, sí. Pero cada vez que te apartas, le dejas a su yo adulto futuro un poco menos de ansiedad a cuestas.
Hay trampas comunes en las que caen muchos padres cariñosos sin darse cuenta. La primera es rescatar demasiado rápido. ¿Tu hijo se olvida la bolsa de deporte? En vez de salir disparado en coche para llevársela al colegio, puedes dejar que afronte una vez la consecuencia natural. Escuece, da vergüenza, pero enseña responsabilidad y resiliencia. Seamos sinceros: nadie hace esto todos los días. Unos días rescatarás, otros te contendrás. La cuestión es alejarse del modo rescate automático.
La segunda trampa es la sobrevalidación emocional. Consolar es precioso; dramatizar en exceso, no. Si cada pequeña preocupación se trata como una crisis, el cerebro del niño aprende que el mundo está lleno de crisis. A veces, un calmado «Sí, esto da miedo, y sé que puedes con ello» hace más por la confianza a largo plazo que largos discursos o soluciones frenéticas. Amar no siempre significa quitar el obstáculo. A veces significa sentarse al lado del miedo hasta que se encoge.
«La ansiedad no solo se hereda en los genes; a menudo se entrena en los niños por padres bienintencionados que no soportan verles sentirse incómodos», explica una psicóloga infantil de Londres.
Para traducir esto a la vida diaria, muchos terapeutas sugieren tres hábitos ancla:
- Deja que tu hijo haga solo cada día una cosa que instintivamente quieres hacer tú por él.
- Cuando esté ansioso, nombra la emoción, normalízala y pregunta: «¿Cuál es un paso pequeño que podrías dar?».
- Comparte en la cena tus pequeños fallos y cómo te recuperaste de ellos.
Ese último punto sorprende a muchos padres. Mostrar que los adultos se equivocan -y sobreviven- baja el listón invisible de la perfección. Un niño que oye: «Hoy metí la pata en el trabajo, me sentí fatal, pero hablé con mi compañera y lo arreglamos», aprende que las emociones se mueven, que existen soluciones y que el fracaso no es mortal. Así es como el amor se convierte en un trampolín, no en una jaula.
Repensar cómo es de verdad la «buena crianza»
Lo que asusta a muchos padres cuando oyen a los psicólogos hablar de esto es la idea de que deben querer menos. Eso no es lo que dice la investigación. Señala hacia querer de otra manera. Menos control, más curiosidad. Menos rescate, más presencia. Puedes seguir siendo el lugar blando donde aterrizan, y a la vez ser la voz tranquila que dice: «Eres más fuerte de lo que crees».
En lo humano, esto pide algo incómodo a los adultos: tolerar su propia ansiedad. Ver a tu hijo de 8 años entrar solo en un aula nueva te revuelve el estómago. Escuchar a tu hijo de 16 llorar tras una ruptura te rasca heridas antiguas. Si corres a arreglarlo, a menudo es tu propia incomodidad lo que intentas calmar. Cuando respiras, te quedas y resistes el impulso de tomar el control, no estás siendo frío. Le estás dando a tu hijo el espacio para descubrir su propio coraje.
Todos hemos tenido ese momento de mirar a un niño dormido y pensar: «Haría cualquier cosa para protegerte». La paradoja es que, a veces, la mejor protección no es un escudo, sino un espejo. Una forma de reflejarle sus habilidades, su capacidad de adaptarse, su derecho a intentarlo, fallar y volver a intentarlo. Los adultos que llegan a terapia diciendo: «Mis padres me querían tanto que tenía miedo de todo» no necesitan menos amor en su historia. Necesitaban más confianza. Más oportunidades imperfectas. Más vida real.
La próxima generación crece en un mundo que susurra peligro sin parar: noticias climáticas, incertidumbre económica, drama en redes sociales. La ansiedad está en todas partes. Tu amor puede amplificar ese ruido de fondo o actuar como una línea de bajo estable y asentada debajo. No prometiendo: «Nunca te pasará nada malo», sino mostrando: «Pase lo que pase, no lo afrontarás como alguien indefenso». Esa es una promesa muy distinta -y mucho más poderosa-.
| Punto clave | Detalle | Interés para el lector |
|---|---|---|
| Amor sobreprotector | Rescatar constantemente al niño de las pequeñas dificultades del día a día | Comprender cómo un gesto tierno puede alimentar la ansiedad futura |
| Autonomía progresiva | «Andamiaje y retirada»: ayudar y luego apartarse deliberadamente | Disponer de un método sencillo para fomentar la confianza en uno mismo |
| Gestionar la propia ansiedad como madre/padre | Estar presente sin controlarlo ni corregirlo todo | Reducir la transmisión inconsciente del estrés a los hijos |
FAQ
- ¿Cómo sé si estoy siendo sobreprotector? Puede que lo seas si haces con frecuencia cosas que tu hijo razonablemente podría hacer solo, o si sientes un malestar intenso cuando afronta retos o frustraciones normales y adecuados para su edad.
- ¿De verdad mucho amor puede causar ansiedad? El amor en sí no causa ansiedad, pero cuando se expresa sobre todo mediante control, rescate y vigilancia constante, puede enseñar al niño que el mundo da miedo y que él es frágil.
- ¿Es demasiado tarde si mi hijo ya es adolescente? No. Puedes empezar a cambiar ahora: ofrece más opciones, deja que gestione tareas logísticas y habla abiertamente de emociones y errores como oportunidades de aprendizaje.
- ¿Y si mi hijo ya muestra mucha ansiedad? Empieza con exposiciones pequeñas y seguras a lo que le da miedo, mantente calmado y de apoyo, y considera consultar a un psicólogo infantil para una estrategia personalizada y acompañamiento.
- ¿Dar más autonomía no hará que mi hijo se sienta abandonado? La autonomía dada con calidez -afecto claro, diálogo abierto y presencia emocional- suele vivirse como empoderamiento, no como abandono.
Comentarios
Aún no hay comentarios. ¡Sé el primero!
Dejar un comentario