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"Me sentí como en una película": el aprendizaje inmersivo está revolucionando una escuela de Lyon.

Estudiantes en un aula usando gafas de realidad virtual mientras el profesor observa con una tablet.

En algún momento todos hemos vivido esa escena en la que el aula parece tragarse el aire, en la que las palabras del profesor rebotan contra las paredes sin llegar a alcanzarnos de verdad.

En Lyon, en un centro discreto encajado entre un café de barrio y una panadería, esa escena está desapareciendo. Los alumnos salen de clase hablando de una investigación criminal en la Roma antigua, de una visita a una central hidráulica, de un debate político… que han atravesado literalmente en 3D.

Al salir del edificio, un adolescente suelta entre risas: «Me sentí como si estuviera en una película». Su voz resuena en el patio, entre dos mochilas dejadas en el suelo. Acaba de pasar 45 minutos con un casco en la cabeza, pero parece volver de un viaje de varios días.

En este instituto de Lyon, la escuela ya no se mira en la pizarra: se vive dentro de un decorado digital. Y nadie parece tener mucha prisa por volver atrás.

«Me sentí como si estuviera en una película»: dentro del aula más sorprendente de Lyon

La puerta se cierra con un clic suave y, de pronto, el ruido del pasillo desaparece. Doce estudiantes se colocan unos voluminosos visores de realidad virtual, algo torpes al principio, como si se estuvieran probando cascos para un deporte que aún no conocen. Un profesor de historia toca una tableta, las luces se atenúan lo justo y la sala cae en ese extraño semi-silencio previo al despegue.

En treinta segundos, las paredes del aula dejan de importar. Los alumnos caminan -virtualmente- por un Londres industrial y humeante, con la niebla colgando sobre el Támesis y las ruedas de las fábricas girando por encima de sus cabezas. Un chico se agacha, intentando leer un cartel en la puerta de un almacén que no existe físicamente. Una chica se tapa instintivamente la nariz ante un olor imaginado a carbón. El profesor solo observa, con las manos en los bolsillos, dejándoles deambular. Aquí, aprender se parece mucho a la curiosidad.

Nada de esto es ciencia ficción escondida en un laboratorio secreto. Ocurre cuatro veces por semana en un instituto público del este de Lyon, en una sala que antes era un cuarto de almacenaje. El centro invirtió en una docena de visores de VR de gama media y se asoció con una startup francesa especializada en plataformas de aprendizaje inmersivo. No hay cápsulas futuristas ni robots patrullando los pasillos. Solo un portátil, una buena conexión Wi‑Fi y un director cansado de ver caras aburridas hundirse bajo luces fluorescentes.

Desde que el programa se lanzó el año pasado, el profesorado ha registrado 370 sesiones inmersivas, desde disecciones de biología en 3D hasta simulaciones de redacciones para la asignatura de Lengua. Los primeros datos son contundentes: los indicadores de implicación se duplicaron, el absentismo en los «días de VR» bajó un 22% y los alumnos con más dificultades empezaron a ofrecerse para pasar los primeros. Una profesora de inglés bromea con que nunca había oído tantos «¡Oooh!» y «¡Espera, qué?» en una clase de gramática.

Sin embargo, por debajo del efecto wow está ocurriendo algo más estructural. La inmersión funciona como un atajo mental: al colocar los cuerpos dentro de un contexto, libera espacio cerebral para el significado. Los estudiantes dejan de pelearse con nociones abstractas y, en su lugar, reaccionan, preguntan, se mueven. La ciencia cognitiva lo llama aprendizaje encarnado (embodied learning). En la práctica, se ve como una adolescente que por fin entiende la oferta y la demanda porque está de pie en un mercado virtual, viendo cómo cambian los precios en tiempo real. El experimento del centro muestra que, cuando el contenido pasa de plano a vivido, la atención vuelve casi por reflejo.

Cómo funciona de verdad el aprendizaje inmersivo en un aula real de Lyon

El método aquí es sorprendentemente simple. Cada sesión inmersiva sigue un ritual de tres pasos: preparar, sumergirse, descomprimir. La preparación es breve y casi informal: cinco a diez minutos en los que el profesor plantea la escena con una pregunta, una cita, un vídeo rápido. Sin grandes lecciones magistrales. Solo lo suficiente como para encender una pequeña chispa en la mente del alumno.

La inmersión es la parte de VR o de experiencia inmersiva, rara vez de más de 20 minutos. Los alumnos se mueven, señalan, prueban, repiten acciones. Un profesor de ciencias lo compara con «un laboratorio sin vasos de precipitados rotos». Por último llega la descompresión, que es donde ocurre la enseñanza de verdad. Se quitan los visores, se abren los cuadernos, y los alumnos describen, dibujan o debaten lo que sintieron y vieron. Ahí es cuando se cuela la teoría, casi sin que se note, porque ahora tiene dónde aterrizar.

En un martes lluvioso por la mañana, vi una clase de matemáticas que no se parecía en nada a las que habitan la mayoría de recuerdos. El objetivo era básico: entender cómo funcionan los ángulos en la vida real. En lugar de una ficha, los estudiantes fueron soltados en medio de un skatepark virtual. Tenían que ajustar ellos mismos los ángulos de la rampa para aterrizar saltos con seguridad, viendo en tiempo real cómo un pequeño cambio de grados alteraba la trayectoria.

Un chico que normalmente permanecía callado se convirtió de repente en el entrenador oficioso del grupo, gritando: «¡No, piensa en 45°, no en 60°, te vas a pasar!». No estaba recitando una regla; estaba reaccionando a una caída, a un fallo, a un casi acierto. Después de la sesión, el profesor dibujó los mismos ángulos en la pizarra. Nadie gimió. Los reconocían, como cuando ves una calle de tu propio barrio.

Este tipo de ejemplo muestra por qué el aprendizaje inmersivo tiene menos que ver con cacharros tecnológicos y más con ganchos emocionales. El cerebro se aferra a lo que lo ha conmovido. Una caída virtual en monopatín es pequeña, pero se siente, y esa sensación deja huella. Una alumna me dijo después, riéndose, que «nunca se le olvidará lo que un 90° le hace a tus rodillas». Su cuerpo se había convertido en su calculadora.

Hay una lógica detrás de este cambio. Las clases tradicionales suelen empezar con la abstracción y esperan que el alumno acabe conectando los puntos con la vida real. El aprendizaje inmersivo le da la vuelta al orden. Lanza al alumnado directamente a una situación y deja que choque con las reglas subyacentes. La coordinadora pedagógica del centro explica que ya no «enseñan» el concepto primero; lo revelan. El visor, en ese sentido, no es magia: es simplemente un botón de avance rápido hacia la relevancia.

Lo que otras escuelas pueden copiar del experimento de Lyon

El truco más útil de este instituto de Lyon no es el hardware. Es la forma en que el profesorado diseña cada sesión como una escena, no como una presentación de diapositivas. Piensan en términos de «¿Qué hace el alumno?» en lugar de «¿Qué digo yo?». Para cada tema, se preguntan: ¿cómo sería esto si fuera un lugar, un conflicto, una misión?

Una profesora de Lengua convirtió el estudio de un texto clásico en una redacción interactiva. Los alumnos entraron en una oficina editorial virtual, recibieron noticias de última hora basadas en el Germinal de Zola y tuvieron que decidir qué citas, hechos y enfoques conservar. El análisis literario llegó después, casi de tapadillo, cuando compararon su pieza informativa con la novela original. De pronto, la idea del sesgo narrativo ya no era una noción abstracta; era una decisión editorial que habían tomado personalmente.

Si estás en un centro preguntándote por dónde empezar, el equipo de Lyon defiende los pasos pequeños. Una sesión al mes basta para cambiar la dinámica de clase. Seamos honestos: nadie hace realmente esto todos los días. Allí empezaron con una asignatura, un tema, un experimento. Pidieron prestados visores a una universidad local durante un trimestre, usaron vídeos públicos en 360° antes de desarrollar contenidos propios y aceptaron que los primeros intentos se sentirían torpes.

Los errores más comunes son curiosamente humanos: intentar meter demasiado en una sola inmersión; no dejar tiempo al final para hablar; enamorarse de la tecnología y olvidar construir una historia alrededor. Una profesora de matemáticas admitió que al principio trató la VR como una «excursión sin deberes», y a los alumnos les encantó… pero retuvieron casi nada. El punto de inflexión llegó cuando se obligó a terminar cada sesión con una pregunta simple y aterrizada en la pizarra: «¿Qué acabamos de aprender?».

Ese gesto pequeño, casi anticuado, ancla toda la experiencia. Los alumnos responden con sus propias palabras, a veces dibujando, a veces listando verbos, a veces discutiendo. Es desordenado, pero memorable. Y les entrena silenciosamente para alternar entre inmersión y reflexión, que quizá sea la habilidad más potente de todas.

Como lo resumió un alumno de 16 años durante el recreo:

«Al principio entré solo por diversión. Ahora, para cuando me quito el visor, ya sé lo que voy a escribir. Es como si mi cerebro siguiera trabajando mientras yo jugaba».

El equipo mantiene una lista corta pegada junto al armario de VR, casi como la lista de comprobación previa al despegue de un piloto:

  • Empieza con un objetivo claro, no con tres.
  • Vincula la experiencia a un producto concreto (dibujo, debate, miniensayo).
  • Limita el tiempo de inmersión para evitar la fatiga y la «sobredosis de VR».
  • Termina siempre con una pregunta que los alumnos puedan responder sin el visor.
  • Rota los roles: observador, actor, tomador de notas.

Lo repiten a menudo: el objetivo no es sustituir al profesor por una máquina. Es darle al profesor un nuevo escenario, un nuevo ángulo, una nueva forma de permitir que el alumnado se tope con el conocimiento en lugar de limitarse a oír hablar de él desde lejos.

Más allá del visor: lo que este instituto de Lyon está cambiando en realidad

Al caminar por los pasillos entre sesiones, lo que llama la atención no son los gadgets. Es la forma en que los alumnos hablan de la escuela. No dicen: «Tuvimos historia». Dicen: «Estuvimos en 1914» o «Estuvimos en el juzgado». Han cambiado sus verbos. Ese pequeño giro lingüístico apunta a algo mayor: se ven dentro de la historia, no aparcados fuera.

El profesorado también percibe un cambio distinto de su lado. Algunos confiesan que al principio se sintieron amenazados, con miedo de convertirse en «apretabotones» delante de un grupo con los ojos tapados. Ese temor se desvaneció cuando se dieron cuenta de cuánta orientación, encuadre y presencia emocional seguían necesitando los alumnos. Una profesora de filosofía me dijo que nunca había escuchado tan atentamente a su clase como cuando caminaba en silencio entre ellos durante una simulación, recogiendo sus preguntas espontáneas como pequeñas chispas para reavivarlas después en el debate.

Lo que está pasando en este instituto de Lyon dice algo incómodo sobre nuestras aulas de siempre. Quizá el aburrimiento no era una fatalidad. Quizá solo era un fallo de diseño. Cuando aprender se convierte en un lugar al que vas, y no en una página que pasas, los alumnos etiquetados como «distraídos» empiezan a parecer más bien exploradores. Y, una vez que lo has visto, cuesta no verlo.

No todos los centros se lanzarán a comprar visores de VR, y no pasa nada. La lección central viaja sin cables: hacer que el conocimiento se sienta vivido, específico, situado. Convertir una fórmula en una rampa. Convertir una fecha en una calle por la que caminas. Convertir un texto en una sala donde chocan las voces. El experimento de Lyon es aún joven, frágil, imperfecto. Algunas sesiones fracasan. A algunos alumnos les da mareo. Algunos profesores vuelven a la pizarra cuando el Wi‑Fi falla.

Pero algo esencial ya ha cambiado. La frontera entre «la vida real» y «lo de clase» es menos rígida. Los alumnos no solo aprenden sobre mundos; los visitan, los cuestionan, a veces los desafían. Y cuando uno de ellos sale del aula y dice, casi como quien no quiere la cosa: «Me sentí como si estuviera en una película», no puedes evitar preguntarte qué pasa cuando toda una generación crece sintiendo que la escuela es una historia en la que realmente está dentro.

Punto clave Detalle Interés para el lector
La inmersión como escena Las clases se diseñan como situaciones vividas, no como lecciones magistrales Da ideas para hacer cualquier clase más atractiva, con o sin VR
Ritual en tres pasos Preparar, sumergirse, descomprimir en cada sesión inmersiva Método claro que puedes copiar en tu propio contexto docente
Pasos pequeños y realistas Un experimento, una clase, un dispositivo pueden iniciar el cambio Muestra que la revolución puede empezar sin grandes presupuestos ni tecnología perfecta

FAQ:

  • ¿El aprendizaje inmersivo consiste solo en visores de VR? En absoluto. La VR es una herramienta, pero «inmersivo» también puede significar juego de roles, vídeos 360°, simulaciones o, simplemente, convertir las clases en misiones y escenas.
  • ¿De verdad el aprendizaje inmersivo mejora los resultados académicos? En el instituto de Lyon, el profesorado observa más implicación, mejor recuerdo en las pruebas y mayor participación de alumnos con dificultades, aunque todavía se están recopilando datos de exámenes a largo plazo.
  • ¿No es esto solo una distracción para el alumnado? Puede serlo si no hay un objetivo claro o una puesta en común final. Cuando las sesiones se encuadran y se descomprimen bien, el efecto «wow» se convierte en una puerta de entrada a una comprensión más profunda, no en un juguete.
  • ¿Y los alumnos que se marean o no les gusta la VR? Se les asignan roles alternativos: observador, tomador de notas, moderador del debate, usando una versión en pantalla del contenido o actividades sin VR vinculadas a la misma escena.
  • ¿Puede intentarlo un centro con poco presupuesto? Sí: empieza con unos pocos dispositivos compartidos, contenidos gratuitos o de bajo coste y céntrate en diseñar buenos escenarios en lugar de perseguir la tecnología más cara.

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