El café estaba ruidoso de esa manera suave y moderna: portátiles zumbando, listas de reproducción en aleatorio, todo el mundo medio presente, medio en otra parte.
En la mesa de la esquina, tres mujeres de casi setenta años estaban sentadas con sus tazas, riéndose de una forma que hizo que dos adolescentes en la mesa de al lado levantaran la vista y se quedaran mirando. No había móviles sobre la mesa. En su lugar, historias. Una de ellas contó cómo hizo autostop por Europa con 50 dólares y sin plan B. Los adolescentes parecían horrorizados y fascinados a la vez. La mujer se encogió de hombros, como si no fuera nada especial. Y, sin embargo, algo en su voz -calma y firme- llenó toda la sala. Un tipo de fortaleza silenciosa que hoy resulta extrañamente rara. Se notaba la distancia entre generaciones. Y algo curioso suspendido dentro de esa distancia.
1. La dureza silenciosa que solo se consigue al saber vivir con menos
Quienes crecieron en los 60 y 70 aprendieron pronto lo que significaba esperar, ahorrar, arreglar, prescindir. No como una elección de estilo de vida, sino como la configuración por defecto. Si se estropeaba la tele, le dabas un golpe en el lateral y te conformabas con la imagen con nieve. Si querías música, esperabas junto a la radio a que volviera a sonar la canción. Esa pequeña fricción construía un músculo mental: la tolerancia a la frustración.
Hoy, los psicólogos lo relacionan con lo que llaman “tolerancia al malestar”: la capacidad de mantener la calma cuando la vida no se doblega al instante a tu voluntad. Muchas personas que eran niñas entonces desarrollaron esa habilidad sin proponérselo. Sin streaming, sin entregas al día siguiente, sin opciones infinitas. Solo lo que tenías y lo que podías hacer con ello. Esa paciencia lenta y obstinada es rara en un mundo donde casi todo está a un toque de distancia.
Las investigaciones sobre la gratificación diferida -como el famoso “test del malvavisco”- se han debatido y afinado, pero un patrón sigue reapareciendo: quienes practican la espera manejan mejor el estrés con el tiempo. La infancia de los 60–70 hizo que esperar fuera normal, no heroico. Eso moldeó a adultos capaces de atravesar la incomodidad sin entrar en pánico, que no se hunden cuando algo es aburrido, que pueden sacar adelante proyectos largos. No es nostalgia; es neurobiología esculpida por la vida cotidiana.
2. El arte de aburrirse sin desmoronarse
Pregunta a alguien que creciera en los 70 qué hacía en un viaje largo en coche y, a menudo, obtendrás la misma respuesta: “Mirar por la ventanilla”. Sin tablet, sin playlists hechas a medida, quizá un libro si no te mareabas. Solo tus pensamientos, la carretera y el paso lento del tiempo. Ese aburrimiento era un campo de entrenamiento para una de las fortalezas mentales más raras hoy: la concentración interna.
Los psicólogos lo llaman “resiliencia ante baja estimulación”: la capacidad de mantener la cordura e incluso la creatividad cuando no pasa nada especial. Entonces, a los niños se les dejaba a menudo con tiempo no estructurado. Tardes largas. Las calles como patio de recreo. Sin adultos organizando cada minuto. El cerebro tenía que generar su propio entretenimiento. Ese motor interno, una vez construido, se queda.
Ese aburrimiento temprano funciona como un gimnasio cognitivo. Sin golpes constantes de dopamina procedentes de las pantallas, sus sistemas de atención se cablearon de otra manera. Más resistencia, menos inquietud. Hoy, mucha gente se cuesta leer tres páginas sin coger el móvil. Para la generación de los 60–70, un libro era a veces lo más emocionante que tenían. Eso influye en cómo trabajan, cómo escuchan, cómo mantienen una conversación durante una hora sin necesitar comprobar una notificación “por si acaso”.
3. La valentía social de llamar a la puerta de un desconocido
Si querías ver a un amigo en 1972, ibas andando y tocabas el timbre. Sin mensaje. Sin “¿estás libre?”. Solo una llamada a la puerta y ese momento de riesgo: quizá están en casa, quizá no. Ese coraje cotidiano construía confianza social de una manera muy cruda. Tenías que gestionar la incomodidad en persona, no detrás de una pantalla donde pudieras esconderte.
Los psicólogos hablan de “autoeficacia social”: la creencia de que puedes manejar situaciones sociales. Los niños de los 60–70 lo entrenaban a diario. Llamar a un teléfono fijo y pedir hablar con la hija de alguien. Hablar con los tenderos. Preguntar direcciones. Esos micro-momentos cableaban la creencia: “Puedo acercarme. Puedo encajar un no. No me voy a morir de vergüenza”. Parece pequeño. No lo es.
El riesgo cara a cara crea callos emocionales allí donde, si no, viviría la ansiedad. Cuando has entrado durante años en una habitación llena de desconocidos sin una app que filtre o suavice el encuentro, te vuelves menos frágil socialmente. Eso no significa menos sensible. Significa poder sentir nervios y aun así decir: “Hola, vengo por la entrevista de trabajo”. La valentía de tocar a una puerta es uno de los músculos más raros hoy.
4. La habilidad de arreglar cosas… y lo que eso le hace a tu cerebro
Mucha gente que creció en los 60 y 70 aprendió pronto: no lo tiras a la primera; miras si puedes arreglarlo. Radios, bicis, sillas, incluso relaciones. Esa mentalidad desarrolla lo que los psicólogos llaman “afrontamiento centrado en el problema”. Básicamente: quizá no controlo todo, pero puedo intentar mejorar esta cosa concreta que tengo delante.
Piensa en la escena clásica: un padre o un hermano mayor en el suelo con un reproductor de casetes desmontado, un destornillador, quizá un manual que no encaja del todo con el modelo. Esas horas de trastear hicieron más que ahorrar un poco de dinero. Entrenaron la creencia de que los problemas son rompecabezas, no sentencias. El niño que observa absorbe esa actitud en lo más profundo de su sistema nervioso.
Quienes se criaron en esa época suelen llevar un tipo de optimismo más silencioso. No el de Instagram de “todo va bien”. El práctico: “Se ha roto algo, a ver qué podemos hacer”. La investigación moderna sobre resiliencia muestra que esta mentalidad es uno de los predictores más potentes de salud mental. Cuando la vida golpea, buscan herramientas, no solo comprensión. Eso puede resultar reconfortante o incómodo, según quién seas.
5. Privacidad emocional en un mundo que lo cuenta todo
Crecer cuando la terapia estaba estigmatizada y los problemas familiares se quedaban “dentro de casa” tenía un lado oscuro. Muchos dolores no se decían. Al mismo tiempo, forjó una habilidad poco común: la contención emocional. La gente aprendía a sostener sus sentimientos sin retransmitirlos de inmediato al mundo.
Hoy, los psicólogos hablan de “regulación afectiva”: la capacidad de sentir emociones fuertes sin actuar automáticamente en consecuencia. La generación de los 60–70 a menudo la practicó por las malas. Tenías un mal día en el colegio y te lo llevabas caminando a casa. Quizá le dabas una patada a una piedra, ponías tu disco favorito o escribías en un diario. No publicabas una actualización en tiempo real para cientos de personas.
Esto no significa que fueran emocionalmente más sanos en todos los sentidos. Significa que construyeron una “ventana de tolerancia” más amplia para las tormentas internas. Pueden estar con la tristeza, la rabia o la decepción un poco más antes de estallar. En una cultura donde todo se comparte al instante, esa autocontención tranquila parece casi misteriosa. A veces frustrante. A veces profundamente admirable.
6. Cómo tomar prestadas estas fortalezas hoy
No hace falta haber crecido en los 60 o 70 para acceder a estos músculos mentales. Puedes imitar algunas de las condiciones que los forjaron. Empieza pequeño. Elige una situación cotidiana en la que suelas buscar el alivio más rápido -hacer scroll, pedir a domicilio, distraerte- y alarga el intervalo cinco minutos.
Quizá dejas el móvil en otra habitación mientras te tomas el café de la mañana. Quizá intentas arreglar una cosa sencilla en casa antes de reemplazarla. O caminas a algún sitio sin auriculares una vez a la semana. Actos diminutos, pero que recuerdan el ritmo de aquella época. Le enseñan a tu cerebro: el aburrimiento no te matará; un poco de esfuerzo tampoco.
La clave es tratarlo no como un autocastigo, sino como curiosidad: “¿Qué le pasa a mi mente si no me apresuro a llenar cada silencio?”. Con el tiempo, esos experimentos construyen la misma tolerancia al malestar, enfoque y capacidad de resolver problemas que las generaciones mayores a menudo llevan como algo natural.
7. Errores que conviene evitar cuando intentas “volver a lo retro”
Hay una trampa en idealizar el pasado. Algunas personas pasan de la estimulación constante a una desintoxicación digital extrema, se agobian y luego se culpan. Los 60 y 70 no fueron un retiro de bienestar. También fueron años desordenados, injustos y confusos. Así que quédate con lo que ayuda y deja lo demás.
Otro error común es convertir esto en una jerarquía moral: “Nosotros éramos más duros; los niños de hoy son débiles”. Ese relato sienta bien a corto plazo, pero bloquea la conexión. Cada generación se enfrenta a su propio conjunto de retos mentales. Los jóvenes de hoy cargan con estresores que los 70 ni imaginaban: comparación constante, ansiedad climática, incertidumbre económica. El respeto va en ambos sentidos.
Seamos sinceros: nadie hace realmente esto todos los días. Nadie vive perfectamente “offline”, presente y paciente. Ni los boomers, ni la Gen Z, ni nadie. Lo que importa es detectar dónde tu mente se está volviendo más frágil y preguntarte, con suavidad, cómo podrías fortalecerla otra vez. Un hábito a la antigua cada vez.
8. Lo que dice la psicología… y lo que los mayores saben en silencio
La psicología moderna tiene palabras para lo que muchos niños de los 60–70 simplemente vivieron. “Locus de control” para esa sensación interna de que tus acciones importan. “Grit” (tenacidad) para mantenerte en lo difícil. “Seguridad de apego” para saber, en el fondo, que probablemente estarás bien. Estos conceptos se estudian, se miden, se grafican. Y, sin embargo, en esas conversaciones de café entre amigos de pelo canoso aparecen como historias, chistes, encogimientos de hombros.
“Simplemente seguíamos adelante”, le dijo un hombre de 70 años a un investigador en un estudio cualitativo sobre el envejecimiento. “No porque fuéramos héroes. Porque nadie nos dio otra opción”.
Escondida en esa frase hay una caja de herramientas entera:
- Un hábito de actuar en vez de analizar sin fin
- Una tolerancia a resultados imperfectos
- Una disposición a aceptar límites sin venirse abajo
No son curiosidades vintage; son habilidades de supervivencia. A medida que la vida se vuelve más rápida e incierta, las fortalezas mentales forjadas en los 60 y 70 empiezan a parecer menos anticuadas y más como un manual perdido.
9. Lo que podríamos estar perdiendo… y lo que podríamos compartir
Siéntate en un autobús y observa de verdad. Una mujer mayor mirando por la ventanilla, perdida en sus pensamientos. Un chico joven saltando entre tres apps a la vez. Están en el mismo vehículo, en la misma ciudad, pero casi en planetas distintos. Una ha pasado la vida practicando la espera. El otro ha pasado la vida escapando de ella.
Todos hemos vivido ese momento en que se cae el Wi‑Fi diez minutos y la sala se llena de tensión. Las personas criadas en los 60 y 70 a menudo sonríen ante eso. No porque sean mejores, sino porque sus sistemas nerviosos se cablearon en un mundo más lento. Hay algo profundamente humano en esa lentitud. Una forma distinta de estar vivo en el tiempo.
Quizá la pregunta no sea “¿qué generación es más fuerte?”, sino “¿qué fortalezas podemos intercambiar?”. Los jóvenes aportan vocabulario emocional, apertura, aprendizaje rápido. Los mayores aportan paciencia, instinto de reparar, tolerancia al aburrimiento. Si los juntas, obtienes un ser humano más completo. Habla con honestidad a través de esa brecha y puede que reconozcas partes de ti que habías olvidado que existían.
| Punto clave | Detalle | Interés para el lector |
|---|---|---|
| Tolerancia a la frustración | Forjada por la escasez, la espera y menos opciones inmediatas | Ayuda a gestionar el estrés sin venirse abajo ante la mínima dificultad |
| Resiliencia ante el aburrimiento | Horas sin pantallas, juego libre, trayectos silenciosos | Refuerza la concentración, la creatividad y la paciencia en el día a día |
| Mentalidad centrada en el problema | Hábito de reparar, apañarse, buscar soluciones concretas | Convierte los obstáculos en desafíos manejables en lugar de fatalidades |
Preguntas frecuentes (FAQ)
- ¿De verdad la gente que creció en los 60 y 70 lo tuvo más difícil? Se enfrentaron a dificultades distintas: menos comodidad, menos protecciones, más incertidumbre en algunos ámbitos. Las generaciones actuales afrontan cargas mentales que entonces no existían. Más difícil no es lo mismo que mejor.
- ¿Las personas jóvenes pueden desarrollar de verdad las mismas fortalezas mentales? Sí. Recreando algunas condiciones: más espera, más tiempo sin conexión, más arreglar en vez de reemplazar, más conversaciones directas. El cerebro mantiene plasticidad hasta bien entrada la adultez.
- ¿No está la nostalgia distorsionando cómo vemos esa época? Totalmente. Cada recuerdo viene con un filtro. Por eso ayuda la psicología: se centra en patrones y conductas, no solo en sensaciones. El objetivo es aprender del pasado, no rendirle culto.
- ¿Cómo puedo aprender estas fortalezas de las personas mayores de mi vida? Pregúntales cómo resolvían problemas antes de internet. Escucha sus historias “pequeñas”. Invítales a enseñarte cómo reparan, cómo hacen presupuestos o cómo se mantienen en calma. Eso es psicología vivida.
- ¿Y si yo crecí entonces pero no me siento fuerte en absoluto? Tu historia también es válida. El trauma, la pobreza o el caos familiar pueden imponerse a los patrones generacionales. Tienes derecho a pedir ayuda, desarrollar nuevas habilidades y desaprender lo que no te sirve, hayas nacido cuando hayas nacido.
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