Al principio, la química parece effortless y el futuro se ve sencillo. Luego irrumpe la vida real: móviles, equipaje del pasado, estrés laboral y una comunicación torpe. La terapeuta de pareja Rachel Glik, que lleva más de tres décadas trabajando con parejas, dice que la diferencia entre relaciones felices y duraderas y aquellas que se apagan pronto suele reducirse a unos cuantos patrones evitables.
Las investigaciones del Instituto Gottman muestran que la repetición de pequeños gestos positivos, frente a las interacciones negativas, es un predictor importante de la estabilidad de una pareja.
Por qué los pequeños hábitos moldean toda la relación
Glik suele ver a parejas que creen que solo importan los grandes acontecimientos: las primeras vacaciones juntos, conocer a los padres, irse a vivir juntos. Mientras tanto, las noches corrientes quedan devoradas por las redes sociales, un resentimiento difuso o discusiones sin cerrar. Esos momentos rara vez parecen dramáticos, pero fijan el clima emocional de la relación.
Las investigaciones del Instituto Gottman sugieren que las parejas estables mantienen en la vida diaria una proporción sólida de interacciones positivas frente a negativas. Eso incluye cosas como mirar a los ojos cuando hablas, dar las gracias por una ayuda rutinaria o dejar el móvil cuando tu pareja empieza a hablar. Nada de eso da titulares espectaculares, pero determina si dos personas se sienten seguras o rechazadas.
Según Glik, seis errores tempranos aparecen una y otra vez en su consulta, especialmente entre parejas que de verdad se importan, pero aun así se sienten atascadas.
1. Improvisar el amor
Mucha gente se forma para una profesión, lee sobre crianza y escucha consejos de salud. Sin embargo, cuando se trata de ser pareja, simplemente improvisa. Copian lo que vieron en su infancia o, por reacción, hacen lo contrario, sin un plan real.
Este enfoque de «ya lo iré averiguando» puede funcionar cuando todo es fácil. Las grietas aparecen con el estrés, los celos, la familia política, el dinero o necesidades opuestas de espacio y cercanía. Sin habilidades, las parejas acaban repitiendo la misma discusión o se desconectan.
Trata la relación como un oficio que se aprende, no como un test de personalidad que se aprueba o se suspende.
Los terapeutas señalan un kit básico que la mayoría de parejas nunca estudia de forma activa:
- cómo plantear una queja sin atacar
- cómo reparar después de un momento tenso
- cómo escuchar cuando estás muy en desacuerdo
- cómo pedir tranquilidad o confirmación sin culpar
Leer sobre relaciones, apuntarse a un taller o acudir pronto a terapia no significa que la pareja esté «rota». Señala que ambas personas quieren entenderse a sí mismas y al otro antes de que los patrones se endurezcan.
2. Esperar que tu pareja te haga feliz
Glik sostiene que uno de los mitos más seductores es este: «Si encuentro a la persona adecuada, me sentiré completo/a». Esa creencia pone una presión enorme sobre la pareja y mantiene a ambos centrados en lo que falta, en lugar de en lo que cada uno aporta.
Los estudios sobre satisfacción marital muestran de forma consistente un vínculo entre la autoconciencia emocional y la calidad de la relación. Quienes entienden sus propios detonantes, valores y límites tienden a comunicarlos con más claridad y a reaccionar con menos defensividad.
Cuando tratas a tu pareja como tu única fuente de felicidad, cada mal día parece un problema de pareja.
Glik habla de la «relación con uno mismo» como base. Eso incluye:
| Trabajo interior | Impacto en la pareja |
|---|---|
| Gestionar tu propio estrés | Menos discusiones explosivas y bloqueos |
| Conocer tus necesidades y límites | Peticiones más claras, menos resentimiento silencioso |
| Practicar la autocompasión | Más compasión hacia los defectos de tu pareja |
En vez de «nunca me haces feliz», el tono cambia poco a poco hacia «esto es lo que me está costando, y esto es lo que me ayudaría por tu parte». La responsabilidad pasa a ser compartida, no externalizada.
3. Ver el conflicto como una señal de que elegiste a la persona equivocada
Muchas parejas nuevas creen en silencio que el conflicto significa incompatibilidad. En cuanto aparecen las discusiones, entran en pánico: «Si esto fuera amor de verdad, no sería tan difícil». Ese miedo a menudo retrasa la búsqueda de apoyo, porque pedir ayuda se siente como admitir un fracaso.
Sin embargo, los estudios longitudinales sobre parejas indican que los desacuerdos en sí no predicen el divorcio. Lo que importa es cómo discuten y cómo vuelven a conectar después. Algunas de las parejas más felices discuten, a veces a gritos, pero saben volver la una a la otra.
La fricción suele indicar a dos personas intentando mantenerse cerca mientras protegen heridas antiguas.
En lugar de aspirar a una relación sin conflictos, Glik anima a normalizar un ciclo de desconexión y reconexión. Eso significa:
- nombrar una tensión en vez de fingir que todo va bien
- pausar una discusión antes de que se vuelva cruel o despreciativa
- volver más tarde para reparar, aunque el tema no esté del todo resuelto
- tratar cada conflicto como feedback, no como un veredicto sobre la relación
Cuando las parejas aceptan que habrá etapas difíciles, sienten menos vergüenza y están más dispuestas a aprender formas más sanas de discrepar.
4. Intentar rediseñar la personalidad de tu pareja
En el brillo inicial, las manías parecen adorables. Un año después, esos mismos rasgos pueden resultar insoportables: llegar tarde, el desorden, necesitar tiempo a solas, planificar en exceso, planificar poco. El reflejo suele ser empujar hacia el cambio: más como yo, menos como tú.
Glik invita a las parejas a darle la vuelta a ese reflejo. En vez de preguntar «¿cómo lo/la arreglo?», sugiere preguntas como:
«¿Podría esta molestia ser una oportunidad para hacer crecer mi paciencia o mi confianza, en lugar de pulir a mi pareja?»
Las investigaciones de John Gottman y otros sugieren que una gran parte de los conflictos de pareja provienen de «problemas perpetuos»: diferencias básicas de personalidad que nunca desaparecen del todo. El objetivo pasa de eliminarlas a gestionarlas con amabilidad.
Suelen ayudar estrategias como:
- separar conductas dañinas (como los insultos) de rasgos neutros (como la introversión)
- hacer peticiones específicas en lugar de críticas globales
- fijarse activamente en lo que tu pareja hace bien, no solo en lo que te irrita
- aceptar que algunos compromisos resultarán ligeramente incómodos para ambos
A veces una pareja crece más como respuesta a un aprecio constante que a una corrección implacable.
5. Ir dejando la relación, en silencio, al final de la lista
Al principio, priorizar a la pareja parece fácil. Los mensajes se contestan en minutos, los planes giran en torno al otro, aparecen pequeños rituales sin esfuerzo. Luego la vida se expande: trabajos exigentes, hijos, cuidar a los padres, presión social, preocupaciones económicas.
Glik suele notar un punto de inflexión cuando una pareja se convierte en padres. Uno o ambos adultos lo vuelcan todo en el hijo y funcionan en piloto automático como pareja. Las expectativas de la familia extensa y la cultura laboral también pueden competir con el tiempo y la atención que la relación necesita.
Cuando todo lo demás recibe una planificación cuidadosa y la pareja sobrevive con las sobras, el resentimiento suele aparecer en silencio antes de verbalizarse.
Al inicio de la relación, poner en marcha estructuras simples marca la diferencia:
- una cita recurrente tratada como un compromiso real
- una revisión semanal donde ambos compartan qué funcionó esa semana y qué se sintió raro
- micro-momentos de afecto: una despedida de verdad, un abrazo al final del día, un mensaje breve antes de una reunión estresante
Estas prácticas no eliminan la presión externa. Señalan que la pareja sigue siendo un equipo clave, no solo dos personas ocupadas cohabitando.
6. Pensar demasiado pequeño sobre lo que podéis ser juntos
Las relaciones sanas no solo ofrecen consuelo y romance. También pueden ampliar el sentido de propósito de ambos. Glik observa que las parejas que invierten no solo en el otro, sino también en algo más grande que sus propias necesidades, suelen reportar una satisfacción más profunda.
Esto no implica grandes gestos ni heroísmo público. Puede ser algo muy corriente:
- hacer voluntariado juntos unas horas al mes
- apoyar a un vecino enfermo
- acoger a personas que se sienten solas en vacaciones
- implicarse en una causa local que importe a ambos
La generosidad compartida tiende a suavizar las irritaciones diarias y a recordar a dos personas que están en el mismo bando.
La investigación psicológica sobre sentido y bienestar sugiere que actuar por los demás estimula una satisfacción duradera que el mero confort no puede proporcionar. Cuando las parejas construyen una misión compartida, suelen sentirse menos amenazadas por sus diferencias, porque ya están mirando hacia fuera juntos.
Formas prácticas de poner estas ideas en marcha
Para parejas al inicio de una relación, la teoría llega hasta cierto punto. Suelen funcionar mejor pequeños experimentos concretos. Una sencilla «auditoría de la relación» de una semana puede ayudar a ambos a ver sus patrones actuales sin culparse.
- Cada noche, ambos anotan un momento positivo y una tensión del día.
- Al final de la semana, comparten notas y buscan temas, más que incidentes concretos.
- Eligen un pequeño cambio de conducta cada uno: por ejemplo, «cenas sin móvil dos veces por semana» o «sin levantar la voz después de las 22:00».
Este tipo de mini-simulación se parece a lo que los terapeutas suelen hacer en sesión, pero en casa y a una escala más amable. Entrena a ambos a observarse a sí mismos, no solo al otro.
Otro ejercicio útil: que cada persona liste tres maneras de cuidar su propio bienestar sin involucrar a la otra, como terapia, ejercicio, escribir un diario o quedar con amigos. Compartir esas listas abiertamente reduce el miedo a que el autocuidado equivalga a distancia emocional. Enmarca el crecimiento individual como un regalo para la relación, no como una amenaza.
Estas decisiones tempranas rara vez parecen dramáticas desde fuera. Sin embargo, con los años determinan si una pareja deriva hacia patrones conocidos y dolorosos o construye un vínculo en el que ambos se sienten respetados, curiosos y, de verdad, en el mismo equipo.
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